Alegría, nada más
A todos los que nos gusta el futbol y estamos ligados a él de alguna u otra, nos provoca alegría que México pueda asistir a lo que será su quinceava Copa del Mundo. Siempre es mejor estar en ella que verla por televisión. Sin embargo, el hecho de estar nuevamente en un ...
A todos los que nos gusta el futbol y estamos ligados a él de alguna u otra, nos provoca alegría que México pueda asistir a lo que será su quinceava Copa del Mundo. Siempre es mejor estar en ella que verla por televisión.
Sin embargo, el hecho de estar nuevamente en un Mundial no puede verse bajo ninguna óptica como una proeza. Vencer a Nueva Zelanda no tiene tintes heroicos, era una obligación más, una de las tantas incumplidas en la fase de grupos y que llevó a México hasta este extremo.
Sin acercarnos a la esquina de la arrogancia, calificar al Mundial es casi casi obligatorio sin importar el año o quién dirija a la Selección. La infraestructura y el poderío económico que rodea al futbol en este país, además de la calidad de los jugadores, serían argumentos suficientes para pensar en una eliminatoria sin sobresaltos.
El mérito de las victorias o los logros es directamente proporcional al nivel de los adversarios y de las condiciones de los enfrentamientos y, en ese sentido, calificar a Brasil, así, en la última etapa, sólo genera alegría por estar en el certamen más importante de cada cuatro años, pero hasta ahí. Porque con tanto dinero, tantos jugadores, tanta calidad, importan las formas, importa el cómo, no sólo el qué, y calificar de panzazo no puede ser minimizado. ¿Acaso es lo mismo graduarse con honores que después de tres rondas de exámenes extraordinarios? ¿Verdad que no? Y ésa es la exigencia para un futbol que supera en muchas cosas a sus adversarios, pero que lastimosamente, en el terreno más importante que es la cancha, la responsabilidad les quedó muy grande.
Celebro la actitud de Miguel Herrera y su equipo. Un festejo mesurado sabiendo que, incluso, muchos de ellos, no fueron los que construyeron este sinuoso camino a Brasil. Celebro sus palabras y su forma de ver las cosas.
Nada bien nos hace consolándonos bajo el ridículo argumento de que Francia, Portugal o Uruguay también calificaron vía repechaje: uno ya fue campeón del mundo, el otro terminó tercero en Sudáfrica y campeón de su confederación. El otro posee a uno de los mejores del mundo. Sus rivales son más poderosos.
Comparar nuestras penas o desgracias con las de los otros no nos llevará a ninguna parte.
Qué bueno que México está en Brasil. Qué bueno que llegó y, sí, no hay que llegar primero, pero hay que saber hacerlo.
