¡Gracias, Fernando!

El tendero cascarrabias don Andrés sólo cambiaba de humor al escuchar por la radio un juego de Fernando Valenzuela. Sus cansados ojos verdes parecían tomar un brillo de juventud y su rostro de enfado se iluminaba al relatar algún juego de El Toro. El peligro era ir a ...

El tendero cascarrabias don Andrés sólo cambiaba de humor al escuchar por la radio un juego de Fernando Valenzuela. Sus cansados ojos verdes parecían tomar un brillo de juventud y su rostro de enfado se iluminaba al relatar algún juego de El Toro. El peligro era ir a comprar a su tienda en un día que le tocara lanzar a Valenzuela, porque se corría el riesgo de que su adelantada transmisión radial, con la inolvidable narración de Jaime Jarrín, estropeara nuestra transmisión diferida de televisión y nos adelantara el resultado.

Don Andrés era conocido como Chita, en nuestro hogar (bautizado así por mi adorada madre, Alicia y mi tía Rebeca, ingeniosas poblanas que tenían un gran tino para los apodos). Todo el tiempo, don Andrés realizaba un extraño movimiento con la mandíbula de un lado a otro como si masticara algo, por lo que en sus charlas sobre Valenzuela, esa costumbre le daba un toque más beisbolero al imaginar a algún pelotero con un chicle.

Valenzuela llegó a nuestro hogar sin tocar la puerta. A una familia, ya beisbolera, no le costó trabajo recibirlo por medio del televisor a color Philips en el que nos tocaba seguir “la huella del Toro”, como se anunciaban sus juegos narrados por Jorge Sonny Alarcón, Pedro El Mago Septién y Antonio de Valdés, quien era el novato, como Valenzuela.

Un domingo que lanzaba El Toro acompañé a mi padre Joel al estadio Fray Nano a observar un juego de beisbol de la ANABE, que se jugaba a la misma hora.  El Toro estaba en la loma en plena Fernandomanía. La expectación de cómo le estaría yendo al novato sensación pronto tuvo una respuesta. Un espontáneo grito de un grupo de aficionados robó la atención. La algarabía era porque Valenzuela acaba de batear un triple con la casa llena. ¿Cómo? si es pitcher. Las caras de felicidad de las personas que se estiraban para poder ver algo por el pequeño monitor de la televisión portátil en blanco y negro jamás las olvidé.

Fernando Valenzuela fue mi héroe de la infancia. No usaba capa, pero lanzaba bolas de tornillo con las que tumbaba a los rivales más peligrosos y conquistaba los reinos en los que se presentaba.

No venía de Kriptón, pero sí de un lugar mágico el que me despertó curiosidad por conocer desde el primer momento que escuché “Etchohuaquila”, poblado sonorense que tuve la fortuna de visitar.

Con su magia, Valenzuela conquistó al cascarrabias de don Andrés. En la casa era el centro de reunión familiar, y los enojos de mi mamá eran con los “mensos Dodgers que no bateaban” o el relevo que le había echado a perder algún juego.

Fernando Valenzuela siempre ha sido parte de nuestra familia, ¿cómo no iba a llorar su partida? Pensé que como superhéroe me había fallado, pero ahora veo que no murió, su leyenda se fortaleció.

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