A don Javier Galindo, con todo mi afecto

Cuando todavía no me reponía de la triste noticia dada por mi amigo Eduardo Brizio el domingo 18 del presente mes del fallecimiento de nuestro gran preparador físico y mejor ser humano Tadeusz Kepka, el martes siguiente, a las 8:10 de la mañana, sonó mi teléfono ...

Cuando todavía no me reponía de la triste noticia dada por mi amigo Eduardo Brizio el domingo 18 del presente mes del fallecimiento de nuestro gran preparador físico y mejor ser humano Tadeusz Kepka, el martes siguiente, a las 8:10 de la mañana, sonó mi teléfono para recibir otro sopapo (por no decir otra palabra) emocional. “Le llamo para informarle que acaba de fallecer don Javier Galindo Segura”. Me quedé estático y sin habla. No lo podía creer. La señorita Marisol, que lo atendía, tuvo que repetirme en varias ocasiones: ¡don Boni!, ¡don Boni!

Ya repuesto, vinieron las preguntas de rigor y de ahí a recapitular el poco tiempo que conviví con él. Yo llegué al arbitraje profesional en 1976 y él se retiró en aquella convención de 1977, en las instalaciones de la UAG, ganando el silbato de oro y tanto Miguel Rodríguez Llamas como un servidor, los mejores jueces de línea de la temporada.

Y ahí mismo recibí el primer consejo de don Javier: “No has ganado nada, te falta mucho para llegar a ser árbitro”.

Pero ya antes le había aprendido a esa camada de árbitros como don Abel Aguilar, Marco Antonio Dorantes, Antonio R. Márquez, Jorge Alberto Narváez, Domingo de la Mora, el licenciado Arturo Brizio Ponce de León y al ingeniero Alfonso González Archundia, todavía entre nosotros su devoción por el arbitraje, en donde entre sus grandes virtudes era la dignificación que le daban a esa hermosa autodisciplina de ser árbitro, así como su forma de vestir (unos gentleman), pues tenían su sastre que les confeccionaba sus uniformes de casimir inglés (grano de pólvora), ¡vaya elegancia!, independientemente de que no vivían del arbitraje, pues uno de los principales requisitos para pertenecer al mismo era tener un trabajo estable, respetable y vivir adecuadamente.

Don Javier fue un personaje de excepción, sobre todo gran compañero, siempre dispuesto a dar el consejo oportuno, porque vaya que de arbitraje se las sabía de todas, todas.

Otras de sus tantas virtudes era el conocimiento nato de la conducta humana y de la naturaleza del juego. Y pitaba con las reglas de juego en una mano y con la sabiduría y experiencia en la otra.

A pesar de no ser su fuerte la condición física, siempre estaba en el momento y en el lugar adecuado, pues tenía una gran lectura de los partidos.

Incluso durante muchos años permaneció en el ámbito arbitral aquella broma que se utilizaba en los entrenamientos dicha por el señor Galindo, esto era que cuando los más jóvenes pasábamos como rateros de tapones de llantas, corriendo, rebasando con facilidad a los que actuaban en la Primera División, él decía: “¡Corran, corran! Nosotros somos los que arbitramos”, con su vozarrón estentóreo. Sabias palabras.

Otro ejemplo de dignificación del arbitraje fue cuando Carlos Reinoso era la estrella del futbol mexicano, pero don Javier lo expulsó al primer minuto de juego por un insulto.

En gloria esté, le mando un abrazo donde quiera que se encuentre.  

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