Herzog y Lachenal, precursores
El universo del montañismo lo definió el inglés George Leigh Mallory aquella vez que le preguntaron: ¿Por qué escalar el Everest? Y él respondió en una frase cincelada para la eternidad: ¡Porque está allí! Una expresión que contiene audacia, valor, lucha, afán ...

Arturo Xicoténcatl
El espejo de tinta
El universo del montañismo lo definió el inglés George Leigh Mallory aquella vez que le preguntaron: ¿Por qué escalar el Everest? Y él respondió en una frase cincelada para la eternidad: ¡Porque está allí! Una expresión que contiene audacia, valor, lucha, afán del espíritu por descubrir, explorar, desafío, confianza, fuerza interior, mecidos en el delgado hilo de la vida y la muerte. Mallory y su compañero, Andrew Irving, desaparecieron cerca de la cumbre del Everest el 8 de junio de 1924. Unos 30 años antes, en 1895, el inglés Alfred F. Mummery pereció en una avalancha en el Nanga Parbat; once alemanes y 15 sherpas nepalíes fallecieron entre 1934 y 1937. Es muy alto el precio por conquistar las montañas, por resistirse a su hechizo. Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando Europa salía de sus cenizas y escombros, se registró un florecimiento en todas las actividades humanas. La energía de la generación se manifestó de diversas formas: el noruego Thor Heyerdahl navegó más de 8,000 km en la balsa Kon-Tiki, de El Callao a la Polinesia; el suizo Jacques Piccard se sumergió en las profundidades del océano Pacífico, en la fosa de las Marianas, en el batiscafo a 10,916 m; y Louis Lachenal y Maurice Herzog remontaron el vuelo como águilas y tocaron el cielo a 8,091 m de altura en la cumbre del Annapurna, el 3 de junio de 1950. Fue la conquista del primer ocho. Annapurna, diosa de las cosechas, es la décima montaña más alta del planeta (8,091m). En el descenso aleteó el drama y la tragedia. Herzog y Lachenal bajaron congelados. A Herzog tuvieron que amputarle todos los dedos de los pies y de las manos; se los cortó, sin anestesia, el doctor Jacques Oudot; y Lachenal sufrió la amputación de los dedos de sus pies. Sus rescatistas, Lionel Terray y Gaston Rébuffat, regresaron ciegos. Los cuatro salvaron milagrosamente la vida tras que por la niebla y la tormenta no hallaron el campamento próximo a la cima e hicieron un vivac tras que Lachenal cayó en una grieta en la que los cuatro montañistas se refugiaron. En la madrugada supervivieron a una avalancha. El grupo de inválidos se desorienta; discuten sobre la ruta, están a punto de perder la lucidez cuando aparece Marcel Schatz, miembro de la expedición, hundido en la nieve hasta la cintura y se desliza hacia ellos “como un barco”.
Ésta es la trascendencia de la hazaña de Herzog y Lachenal, de sus compañeros Terray y Rébufatt. Encendieron la luz hacia la cúspide de las montañas de las cordilleras del Himalaya. El espíritu de emulación. “Una nueva vida empieza. Hay otros Annapurna en la vida de los hombres…”, concluye Herzog en su libro Annapurna, que supera los 15 millones de ejemplares. Descenso y rescate forman parte de otra historia en la que se mezclan al heroísmo otras pasiones del ser humano.