El Gran Misterio

Edmund Hillary y Tenzing Norgay se estrecharon las manos y se dieron un fuerte abrazo. Eran las 11.30 de la mañana del 29 de mayo de 1953. Ayer, hace 70 años, después de que el planeta giró millones de años alrededor del Sol, dos hombres hollaban la inmaculada cumbre ...

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

Edmund Hillary y Tenzing Norgay se estrecharon las manos y se dieron un fuerte abrazo. Eran las 11.30 de la mañana del 29 de mayo de 1953. Ayer, hace 70 años, después de que el planeta giró millones de años alrededor del Sol, dos hombres hollaban la inmaculada cumbre del Everest. Desde los 8,848 m de altura snm vivieron 15 minutos de éxtasis con un mar de nubes debajo de sus pies; presenciaron, extasiados, la curvatura de la Tierra; al oeste, el Pumori y el Cho Oyu; al sur, el Lothse, y hacia el Este, el Makalu y el Kanchenjunga. El espíritu de Hillary poseía tanta calidad moral, alteza, seguridad en sí mismo, sencillez y modestia que, tras tomar a Tenzing la fotografía victoriosa de la conquista, declinó ser fotografiado. ¿Cuántos habrían resistido no ser captados en el momento estelar, inmortal, de su vida?

Ambos y John Hunt, capitán de la exitosa expedición, acordaron no revelar quién había llegado primero. En Nepal e India se presionó a Tenzing afirmar que él había sido primero. Cedió, pero rectificó. Un fragmento del documento El Gran Misterio, que escribió: “…la cuerda que nos unía medía 10 m, pero yo tenía la mayor parte de ella en la mano, arrollada en anillos, así que sólo había algo más de metro y medio de distancia entre ambos. Yo no pensaba en ‘primero’ y ‘segundo’. No me dije a mí mismo, ‘hay una manzana de oro ahí arriba. Voy a empujar a Hillary a un lado y voy lanzarme por ella’. Subimos con lentitud, sin interrupción. Y entonces llegamos. Hillary pisó la cumbre primero. Y yo después”. En otras líneas dice: “Muchas personas que han sido magníficas conmigo han dado importancia grande y falsa a la idea de que yo debería haber sido el primero”.

Setenta años después emociona y admira la hazaña de Hillary y Tenzing. Cómo sortearon peligros al cruzar la Cascada del Khumbú —enormes bloques de hielo y nieve amontonados en forma de palomitas de maíz que oscilan y desploman inesperadamente—, la peligrosa arista de nieve y hielo blando, hundidos hasta las rodillas, con un abismo, hacia la derecha de 3,000 m y a la izquierda, en la pared oeste, un precipicio de casi 2,500 m. Y la tercera coraza del Everest, el Escalón Hillary, que desapareció en 2015 tras un terremoto, escarpada roca de 15 m en forma de dado en la que Hillary descubrió una grieta en la que apenas cabía un cuerpo; la cramponeó de espaldas clavando un piolet en una cornisa de hielo con el riesgo de desprenderse. Ayudó a subir a la repisa a Tenzing, que llegó exhausto “como un gran pez al que acaban de sacar del mar después de una terrible batalla”.

Como todos los precursores, hicieron de lo imposible algo posible. El sueño dorado lo hicieron realidad. Terminaron 30 años de tentativas de ascenso e iniciaron, sin sospecharlo, un periodo de interés creciente en el que la comercialización y la tecnología modificarían la concepción del alpinismo —en 2021, más de 9,000 cumbrearon el Everest— y, por otra parte, beneficiaría social y económicamente a India y Nepal, así como las condiciones de relaciones humanas, favorable a los sherpas.

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