Creo vs. No creo

La percepción, los sentidos, las ideas de la época, la mente, si no se les sujeta con las bridas del conocimiento, el razonamiento, la comprobación, se convierten en un laberinto de espejos curvos que deforman lo real. Aristóteles, potente y brillante inteligencia, ...

La percepción, los sentidos, las ideas de la época, la mente, si no se les sujeta con las bridas del conocimiento, el razonamiento, la comprobación, se convierten en un laberinto de espejos curvos que deforman lo real. Aristóteles, potente y brillante inteligencia, afirmó que los objetos más pesados caían con mayor rapidez que los de menor peso. Galileo Galilei demostró, con el experimento de la Torre de Pisa, que Aristóteles estaba rotundamente equivocado, aunque lo asegurara o creyera. Hoy sabemos que, si se elimina la resistencia del aire y se sueltan en caída libre en forma instantánea una locomotora y la cabeza de un alfiler, desde la cumbre del Everest, tocarán el suelo al mismo tiempo con idéntica rapidez y aceleración. En la masa, las ideas gravitan, se aceptan y rechazan. En la década de los 60 no se creía que un hombre pudiera correr los 100 metros planos en 10 segundos. Cuando el sprinter alemán Armin Hary cronometró 10” por vez primera, la gente ni los jueces lo creyeron. Y tuvo que realizar una segunda prueba para modificar la creencia. Hoy, aquella ingenuidad mueve a risa de la misma manera que reirán las generaciones venideras cuando, en restrospectiva, observen a los que no creen en el coronavirus ni en sus efectos letales. Expresar no creo no significa que se posea la razón. Expresar sí creo, bajo un prisma científico o de lógica, tampoco certifica que la frase sea verdadera. Hay que demostrarlo.

Hace varias décadas se creía en la generación espontánea, en el éter, pero se desconocía lo mortífero de los microorganismos. Luis Pasteur (1822-1895), investigador y benefactor de la humanidad, en experimentos de la rabia en gallinas logró aislar el microorganismo y bajó la mortandad, que era del 90 por ciento, inyectando a las gallinas microbios debilitados. Esta experiencia la llevó a los perros rabiosos, cuya mordedura en los humanos era mortal. En julio de 1885 le llevaron a un niño nueve años, Joseph Meister, atacado por la rabia. Le salvó la vida. Fue el descubrimiento de la vacuna. Con procedimientos semejantes, otros científicos hicieron trascendentes aportaciones a la humanidad, Fleming, con la penicilina; el doctor Salk, con la poliomielitis, que provocada tantas muertes y lisiados en los niños.

Por darle circo y gusto a la manada y al rebaño, con la tecnología utilitaria de la comunicación y de confort en el esfuerzo y la diversión, hemos descuidado mente y cuerpo.

No creer y considerar que se tiene razón es propio de pensamientos primitivos, egoístas, tontejos. Alguien dijo que la mente funciona como los paracaídas, hay que abrirlos… El coronavirus es mortal, lo creas o no lo creas. Para mala fortuna, desde siempre, la manada y el rebaño no son capaces de pensar por sí mismos. No hay conciencia social de la salud.

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