Sin el sabor de la lucha

El significado verbal de virtud es la fuerza, la capacidad del individuo. Y haberlo bien, se lee en Huizinga, significaba haberlo hecho mejor que otros. En el concepto de Homero la lucha, la competencia es “ser siempre el mejor y superar a los demás”. El vínculo que ...

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

El significado verbal de virtud es la fuerza, la capacidad del individuo. Y haberlo bien, se lee en Huizinga, significaba haberlo hecho mejor que otros. En el concepto de Homero la lucha, la competencia es “ser siempre el mejor y superar a los demás”. El vínculo que tenemos con la competencia es la visión de lucha que nos dejaron los griegos de la antigüedad. Pero la idea del agón, de la lucha, de la competencia, cambia sus matices conforme los matices cambiantes de la sociedad.

La imagen que proyectaron los hermanos ingleses Brownlee, Jonathan que sufrió un golpe de calor, y Alistair, que lo cargó literalmente a la meta, en el Campeonato Mundial de Triatlón en Cancún, no deja de llamar la atención en un sentido, por lo demás, refleja parte de una descomposición deportiva que se ha presenciado en otros escenarios internacionales. Y que obliga más que ajustarse a las líneas de un reglamento poroso y deficiente al deber de clarificarlo con precisión, divulgarlo en una enmienda pronta, apegarse a un criterio conforme a la idea universal de lo que es la competencia.

Descalificación inmediata habría sido en atletismo. Un juez cargó inicialmente a Jonathan. El sentido humanista, de solidaridad fraternal, puede conmover a la masa, que como siempre en la más desconocedora de las reglas y del sentido de lucha; no entiende, como espectador pasivo, el placer de que los atletas se prueben individualmente ante otros, con todos los riesgos de los adversarios, de las condiciones ambientales y, sobre todo, de la naturaleza de la competencia directa, una actividad dificilísima en la que todos son derrotados excepto uno.

Desde los tiempos más remotos de la humanidad la fuerza del hombre, su comparación con otros, ha ejercido fascinación. Y los triunfadores adquieren otra dimensión, calidad de héroes, de leyenda, de grandes campeones en el deporte-espectáculo actual. En la rapsodia VIII de La Odisea: “No hay mayor gloria para un hombre que la de mostrar la ligereza de sus pies y la potencia de sus brazos”, dice Laodamante, hijo de Alcínoo al invitar a Odiseo a participar en las pruebas de los feacios.

Uno de los episodios más singulares de descalificación en el atletismo sucedió en el maratón olímpico de Londres 1908, con salida frente al Castillo de Windsor y meta en el White City Stadium de Shepherd´s Busch (42,195 m). El italiano Dorando Pietri que, según las evidencias y costumbres de las épocas, tomó unas cuantas gotas de estricnina, atropina y sorbos de chianti y wiskhey, entró a la pista con los ojos despidiendo fosforescencia abisal. Corrió errático. Cayó en cinco ocasiones. Uno de los que lo ayudaron a levantarse fue Sir Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes. Estados Unidos protestaron y Pietri fue descalificado. John Hayes, de EU, fue declarado vencedor. Y lamentablemente abucheado por la multitud ignorante. Al día siguiente la reina Alejandra le entregó a Pietri una enorme copa de oro.

Harold Abrahams, más tarde campeón olímpico en 100 m planos en los JO de París 1924, conocido por su relación con Eric Liddel, oro en 400 m, en la película Carros de fuego, diría que no hubo nadie tan famoso como Pietri.

Aunque es harina de otro costal, el impacto de la descalificación de Pietri motivo a los directos de periódicos a enviar corresponsales a los JO.

Los actos sentimentaloides en el deporte deben desaprobarse. No el fair play. Paladeemos el sabor de la lucha.

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