Tam, tam

Hace tiempo decía el entrenador Armando Sánchez, graduado en licenciatura deportiva con especialidad en natación en la Universidad de Leipzig de la antigua República Democrática Alemana, que no hay un proyecto definido acerca de qué es lo que queremos con nuestro ...

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

Hace tiempo decía el entrenador Armando Sánchez, graduado en licenciatura deportiva con especialidad en natación en la Universidad de Leipzig de la antigua República Democrática Alemana, que no hay un proyecto definido acerca de qué es lo que queremos con nuestro deporte. (Y podríamos añadir, con nuestra sociedad). Y que siempre se trata de resolver lo inmediato, equivocándonos una y otra vez, tropezándonos con la misma piedra, sin abordar seriamente lo complejo del deporte.

Lo anterior viene a colación porque seguimos sin hacer un análisis profundo, o un comparativo serio, meditado, con el deporte de otros países. Se toman cíclicamente medidas al vapor, archiconocidas, que arrastran una carreta llena de dogmas e ideas falsas, sin aproximarnos a la materia deportiva que cada día exige más.

Queriendo deshacer la compleja madeja, jalamos con más fuerza y agrandamos y apretamos el nudo. Se gira como hace medio siglo; se prioriza por épocas, la expresión del alto rendimiento, la EF. Y cuando se empieza a pulir lo más alto, algunos caen en la cuenta de lo importante que es construir una base sobre aquella falsísima idea de que de la cantidad surge la calidad. O en la construcción de instalaciones deportivas sin importar que no haya ni programa ni técnico capaz; edificar por edificar, despilfarro de tiempo y dinero. Abuso. O en los planos a largo plazo… lo mismo de lo mismo.

En la década de los 80 se presenciaba el espectáculo cuatrienal de la persecución de los profesores de EF a los que dirigentes y medios de comunicación les atribuían el fracaso en los JO.

Imperó la idea del complejo o sentimiento de inferioridad de los mexicanos; la mala nutrición de los atletas. Durante años no se ha distinguido la EF del deporte, ni la competencia de la actividad lúdica. Menos se entiende el sentido ni el placer de la lucha.

En el futbol se habló del miedo escénico, de los malditos penales, de los cambios de los jugadores y ahora del cambio del entrenador, sin darse cuenta que el problema no es el técnico sino todo un sistema deportivo que confunde el efecto estético el juego con el nivel. Dos cosas diferentes.

Las combinaciones en los juegos de conjunto en disciplinas como el basquetbol, el voleibol, el futbol, el waterpolo, por su mezcla lúdica y de lucha, alegran el espíritu, emocionan. Y esto es independiente de la magnitud de la fuerza de los adversarios. El mismo efecto se puede producir en la música con un sonido primario y otro polifónico.

El tam tam identitario con un núcleo de aborígenes o el sonido de una gaita con la misma melodía en una fiesta o en un sepelio produce un estado de ánimo especial en el espíritu. El tam tam tan primitivo puede hacer correr fuego por las venas en un ritual festivo o bélico, al igual que un trozo wagneriano o schubertiano en la sala de concierto.

La emoción puede resultar de lo más intensa en diferentes personas cuando oyen la marimba o la gaita, el saxofón o el acordeón, pero la calidad, el nivel, entre uno y otro es abismal. Estos niveles en algunas disciplinas deportivas cargadas de elementos subjetivos como el futbol no son dignos de análisis. Se ocultan; se vive y se fomenta el engaño. (Menos el fenómeno de la anticipación que marca estratos).

Cambiar una sola pieza de la enorme maquinaria que es el futbol o el deporte es seguir haciéndole al tío Lolo.

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