Al cien
Hay oficios que no demandan desempeñarlos estando cien por ciento en forma. El más obvio es el que le gustaba tanto a Tribilín como promotor de colchones y camas: echándose unas siestas monumentales y que lo vieran desde fuera de los aparadores. O el de los diputados y ...
Hay oficios que no demandan desempeñarlos estando cien por ciento en forma. El más obvio es el que le gustaba tanto a Tribilín como promotor de colchones y camas: echándose unas siestas monumentales y que lo vieran desde fuera de los aparadores. O el de los diputados y senadores que son capaces de obedecer lo que les ha ordenado su votante, aunque lleguen a los curules con resacas matadoras tantas veces al año.
Artistas que creen en la inspiración. Pueden estar algo pasados de copas o luego de haber fumado de más, y aún así bocetean un gesto que pasará al libro de oro de los escraches. El vate que exhala un verso al aire inmarcesible, andando medio achispado por la aspiración non sancta de los polvos de oro, que tanto le gustaba a Peter Pan que le compartiera Campanita.
Nadie se subiría a un avión, si oye el rumor de que la tripulación viene de una noche orgiástica inolvidable. Nené no se dejó sacar la muela, porque la chismosa de Adela le dijo que vio al dentista la noche previa, en un tremendo vacilón, reza un célebre chachachá.
Los choferes que conducen camiones bajo el efecto de las pastillas estimulantes por las vías del país son una plaga funesta. Y también esos rufianes que driblan “el alcoholímetro” y regresan a casa hasta las manitas.
Uno del otro, cada ser humano, espera de su contraparte la reciprocidad en casi todo lo que tiene que ver con la relación establecida. Que estén ambos en sus cabales es regla áurea para la convivencia.
En cuanto a la condición física y emocional, al hablar de un piloto de la F1, toda exageración es poca. Trabajan sentados sobre 100 kilos de gasolina de alto octanaje; rodeados de baterías con cargas eléctricas que pueden resultar expansivas; corren agarrados a un timón por cerca de dos horas a velocidades demenciales y sufren golpes de las fuerzas de gravedad –por la frenadas, los virajes y los acelerones– tales, que el resto de los seres humanos, no soportarían; especialmente sobre el cuello y la cabeza. Con un agravante: sus equívocos pueden ser fatales para cualquiera de los compañeros de trabajo.
Viven bajo vigilancia médica y del entrenador, supervisados por un nutriólogo y del sicólogo de cabecera. Cuando un corredor no está a plenitud absoluta debe de pedírsele e impedírsele que se suba a su nave.
Al español, Fernando Alonso, bicampeón mundial, se le ha indicado por parte de los facultativos que no debe de jugar en la carrera inaugural del domingo que viene, en Australia. Él, sufrió un percance ensayando sobre su nuevo McLaren-Honda, en Barcelona el día 22 retropróximo.
Iba a menos de 110 kilómetros por hora, pero el golpe fue en seco contra uno de los muros de contención. Perdió el conocimiento y, aunque poco después hablaba, es cierto que no recuerda nada de lo que le ocurrió. El clásico blackout.
Sufrió una conmoción cerebral al chocar la masa encefálica contra los huesos de la cabeza. De todas las pruebas clínicas, de imagen y médicas ha salido bien. Alonso reporta sentirse normal y más que dispuesto a conducir su auto.
Es imposible que esté al 100 por ciento. Sus órganos vitales se desplazaron por espacios milimétricos, dado el impacto.
Ese desacomodo de corazón, pulmones, hígado, riñones e intestinos tiene que retornar a su apoltronamiento de siempre. Sólo con reposo y paciencia se logra. Uno propone, y la fisiología dispone.
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