Iluminaciones
De J. A. Rimbaud Sin novedades bajo el sol. Guerras intestinas siempre las habrá en el automovilismo de requinte, porque la ley del más fuerte impulsa a los pilotos que luchan todavía con mayores ganas, contra un rival de otro equipo. Sólo uno triunfará. Por la década ...
De J. A. Rimbaud
Sin novedades bajo el sol. Guerras intestinas siempre las habrá en el automovilismo de requinte, porque la ley del más fuerte impulsa a los pilotos que luchan todavía con mayores ganas, contra un rival de otro equipo. Sólo uno triunfará.
Por la década de los años de 1980 algunos cursos fueron grises, los motores turbo luchaban más contra la técnica en sí. En 1983 eran varios protagonistas, sin embargo, los rivales enconados fueron Nelson Piquet y Prost. El brasileño en un Brabham-BMW y el francés con Renault. En Zandvoort, se engancharon dejando paso a los Ferrari de René Arnoux y Patrick Tambay. El duelo estaba servido. Las tres últimas carreras fueron mejores para el Almirante, y doblegó a Alain por dos unidades.
El año previo ¿a quién apostarle? Gilles Villeneuve se mata el 8 de mayo en Zolder, en su Ferrari. Didier Pironi despedaza su auto en Hockenheim y no termina la campaña; había entre ellos un enfrentamiento brutal. 11 diversos pilotos ganaron carreras, hasta Arnoux y Prost, de Renault. Al final, despertaba John Watson, con un McLaren. Y fue campeón un pálido Keke Rosberg al ganar solo una carrera y tres segundos lugares con su Williams, por ventaja de cinco puntos sobre Pironi.
Poca fortuna de Carlos Alberto Reutemann en 1981. Cuando el tema de las dobles polleras para producir “el efecto suelo”. Eran los días del diseñador Gordon Murray. Williams defendía su campeonato, con el argentino y el australiano Alan Jones, quien hizo caso omiso a las órdenes del equipo y, aprovechó Piquet para ganar su primer cetro, con un punto sobre el santafecino.
Emerson Fittipaldi, un caso diferente en 1974. Recién retirado Jackie Stewart, ya brillaba Niki Lauda y en otra medida, Clay Regazzoni, ambos ganando carreras sobre los Ferrari. Joddy Scheckter llega a Tyrrell y se apunta en vez de Jackie. Un Ronnie Peterson temible a bordo de su Lotus. Año de grandes nombres. Pero el brasileiro, con tres actuaciones memorables, cierra una campaña estupenda, y se hace con su segunda corona. Tres puntos bastaron; ya había sido campeón con Lotus –en 1972– y ahora, sobre un McLaren.
La fatalidad enluta al formulismo, expira el enorme racer de siempre: Jim Clark, quien sólo disputó la primera fecha en Kyalami. Fue la temporada huérfana de 1968. Entre Graham Hill, Stewart y Denny Hulme se cuece la disputa. Graham no repetía desde 1962 una corona y gana la partida con un Lotus igual al de Clark. El cuarto fue Jacky Ickx, quinto Bruce McLaren y el sexto, el de México, Pedro Rodríguez. Año perdurable.
En su gran época los Lotus eran invencibles si los conducía uno magno. En 1964 fueron Jim Clark y Graham Hill. El escocés defendía la corona, como el de Inglaterra lo había hecho un año antes. Pero surge aquel que se estrenaba, también británico, un corredor campeón de motos: John Surtees. Y logra lo imposible a favor de Enzo Ferrari: los laureles de la inmortalidad, por un punto más que G. Hill.
Mecánico, gestor y piloto Jack Brabham, en 1959, perpetra el primero de dos campeonatos seguidos, sobre un Cooper con motor de Climax. Deja detrás de sí a Tony Brooks, de Ferrari y Vanwall, en esa campaña. Queda en el tercer puesto otro de los señorones de siempre: Stirling Moss.
Los hombres mueren y sus hazañas, cada vez más vivaces. Es la épica. Nada nuevo por aquí. Nada por allá…
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