YouTube: 20 años cambiando la civilización
Cuando YouTube nació, en 2005, parecía un proyecto simpático y casi casero: tres exempleados de PayPal querían compartir videos sin complicaciones. Y para ligar. Veinte años después, la plataforma se ha convertido en una biblioteca audiovisual de la humanidad, en un ...
Cuando YouTube nació, en 2005, parecía un proyecto simpático y casi casero: tres exempleados de PayPal querían compartir videos sin complicaciones. Y para ligar. Veinte años después, la plataforma se ha convertido en una biblioteca audiovisual de la humanidad, en un escenario global, un mercado, un aula, una cámara de eco, un ring de boxeo, un confesionario… y sí, también en un campo minado.
Que cualquier persona —sin importar su país, nivel de estudios, su presupuesto, su profesión, su religión, su preferencia sexual, su complexión, su raza, su edad, su vida, pues— pueda subir un video que puede ser visto por millones es, sin exagerar, uno de los mayores logros democráticos del siglo XXI. En YouTube se han formado carreras enteras, desde Justin Bieber hasta Ibai Llanos; se han viralizado ideas que jamás habrían tenido cabida en medios tradicionales; se han documentado revueltas, crímenes, injusticias, pero también nacimientos, bodas, actos de amor y de humanidad pura. YouTube también reinventó la manera en que aprendemos: tutoriales de todo tipo, desde física cuántica hasta cómo cambiar un foco; charlas TED, entrevistas de archivo, clases completas de universidades como Harvard. En ese mar de contenidos hay verdaderas joyas.
Pero no todo lo que brilla en la pantalla es oro. El algoritmo de YouTube, diseñado para mantenernos viendo video tras video, ha sido acusado de empujarnos hacia radicalismos, de premiar el contenido polémico o falso por encima del veraz, de convertir la atención humana en el recurso más codiciado… y explotado. ¿Resultado? Una generación (o dos) de usuarios atrapados en ciclos de contenido interminable, expuestos desde pequeños a la lógica de los likes y los views como validación existencial. YouTube no es el único culpable, pero sí es uno de los grandes arquitectos de esta nueva psique digital.
Durante años, YouTube permitió la proliferación de teorías conspirativas, discursos de odio, videos de contenido violento disfrazado de infantil y propaganda disfrazada de opinión. Aunque en los últimos tiempos ha afinado su política de moderación, sigue siendo difícil equilibrar la libertad de expresión con la necesidad de frenar el daño social. Además, detrás de muchas vistas y monetizaciones se esconden redes de explotación infantil, canales que lucran con el sufrimiento ajeno o “experimentos sociales” que rayan en el abuso. El “todo vale por un view” ha creado monstruos tan virales como peligrosos.
YouTube también dio origen a una nueva élite: los youtubers. Una generación de celebridades sin necesidad de cine, TV o disqueras. Muchos de ellos —tan jóvenes como sus audiencias— han colapsado bajo el peso de la exposición, la presión de producir sin parar, los escándalos públicos y la monetización de su intimidad. ¿Cuántos colapsos emocionales, cancels masivos y huidas del spotlight hemos presenciado en vivo, entre thumbnails chillones y anuncios de cinco segundos?
En sus 20 años, YouTube pasó de los videos borrosos de gatitos a ser la segunda página más visitada del mundo. Pero la próxima década puede redefinirlo aún más: contenidos generados por IA, canales enteros sin intervención humana, experiencias inmersivas con realidad aumentada, educación personalizada… o, también, plataformas aún más adictivas que terminen por devorarla.
Lo cierto es que YouTube es ya un documento histórico. Si un arqueólogo del futuro encontrara su base de datos, tendría en sus manos la más extensa radiografía del alma humana de este tiempo: nuestros sueños, miedos, ridiculeces, logros, miserias y genialidades. Todo está ahí. Porque, en el fondo, YouTube no sólo ha cambiado la manera en que vemos el mundo. Ha cambiado el mundo que queremos ver. Y eso —como civilización— no es poca cosa.
