Sin daño —dicen— al ambiente
Fue apenas el 28 de diciembre pasado, una coincidencia y casi ironía que ocurriera en un Día de los Inocentes: más de diez millones de habitantes en catorce estados, de Sonora hasta la Península de Yucatán, se quedaron sin energía eléctrica.Insisto, no fue una ...

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
Fue apenas el 28 de diciembre pasado, una coincidencia y casi ironía que ocurriera en un Día de los Inocentes: más de diez millones de habitantes en catorce estados, de Sonora hasta la Península de Yucatán, se quedaron sin energía eléctrica.
Insisto, no fue una broma. Tampoco lo fue el que tuvieron que pasar seis meses para conocer las causas: “el calor emitido desde la tierra por la quema de basura bajo una subestación encendió la alerta y se desconectaron siete líneas de transmisión en 30 segundos, derivado de que estaban sobrecargadas por la energía renovable que en ese momento se enviaba del norte al sur del país...”, según reveló un grupo de expertos independientes en un informe presentado por la Comisión Federal de Electricidad a la hoy presidenciable (también parece broma) Rocío Nahle, secretaria de Energía.
Los resultados del análisis detallaron que el megaapagón afectó los sistemas de protección en la red de transmisión y la lentitud de la reconexión fue debido a que había trabajos inconclusos para conectar una planta eólica en la estación San Carlos; esto provocó afectaciones por casi dos horas. Además, la conclusión es lapidaria: “Actualmente existe un sistema que ha privilegiado los criterios económicos y soslaya las buenas prácticas internacionales que obligan a tener condiciones de seguridad…”.
No es el único golpe o desacierto de nuestro sector energético, lo sabemos. Apenas el viernes pasado hubo fuego en el mar. Sucedió en las aguas del Golfo de México, cerca de Campeche. El incendio en un gasoducto que, hoy nos dicen, fue generado por una fuga detectada en el gasoducto de bombeo neumático que alimenta los pozos de la plataforma KU-C y las descargas eléctricas por las fuertes lluvias. La imagen le dio la vuelta al orbe: el resumen de un planeta cuya explotación de recursos ocasiona lo inimaginable.
“Este es el mundo que nos están dejando...”, expresó la activista ambiental Greta Thunberg cuando compartió en Twitter una nota sobre lo ocurrido en el mar mexicano.
“Por favor, no me digan que poner fin a nuestra dependencia de los combustibles fósiles es demasiado radical, esto es radical...”, dijo también el senador de la izquierda estadunidense Bernie Sanders.
Sin embargo, las autoridades mexicanas fueron claras: tormentas eléctricas y fuga de gas, la causa; ninguna consecuencia. Pemex descartó un derrame de petróleo, destacó las acciones inmediatas para detener el fuego, que tomó unas cinco horas controlar. Y vaya audacia, aseguró que de esta forma se evitaron daños ambientales.
Las imágenes, repito, le dieron la vuelta al mundo, seguramente usted las vio: el llamado “ojo de fuego” era impresionante. Por algo tardaron cinco horas en extinguirlo.
¿En verdad no hubo consecuencias para el medio ambiente? ¿ni un sólo ejemplar de la fauna marina resultó dañado? ¿Y la flora? ¿Nada que afecte la corriente y que pueda afectar actividades como, por ejemplo, la pesca? ¿El humo a causa de las llamas, no aumentó el volumen de los gases en la atmósfera? ¿Esos gases no se transformaron en lluvia ácida?
La investigación por el megaapagón duró seis meses, pero para el incendio en el golfo fueron suficientes un par de días para concluir que nada resultó afectado. ¿Nada? ¿Qué entenderán las autoridades mexicanas como un daño ambiental? ¿Sólo la extinción de una especie?