En diplomacia la foto es el mensaje. Que Marco Rubio haya recibido a Roberto Velasco en Washington, y que posaran sonrientes ante las cámaras antes de la puerta cerrada, no es casual en la semana en que Estados Unidos le impuso a Canadá aranceles de 50% sobre unos 20 mil millones de dólares en productos. Tampoco hacía falta que hablaran de esa guerra: la imagen de México sentado a la mesa mientras el otro socio del tratado está en pleito abierto vale más que un boletín.
Velasco llegó a esa reunión desde Seúl, donde avanzó el Plan de Acción 2026-2030 con Corea del Sur, que se firmará en septiembre. Es un canciller de 38 años que en cinco meses ha hecho lo que su encargo exige: no perder la mesa. Su doctrina ante el Senado, cooperación sin subordinación, no es sólo consigna: mantener el diálogo abierto con Canadá en pleito no era garantizado.
Los números que ha defendido tampoco son retórica. Entre enero y abril, 87 por ciento de nuestras exportaciones a Estados Unidos se hicieron al amparo del T-MEC, con trato preferencial. Es la única buena noticia económica del año, fruto de una negociación paciente que muchos tacharon de tibia. Cuando el vecino está repartiendo golpes, quedarse de pie es un resultado.
Dicho eso, hay tres frentes donde la mesa sirve de poco si no se aprovecha ahora.
El primero es el comercial, y el problema no es un arancel, sino el calendario. La revisión del tratado quedó convertida en un ejercicio anual durante la próxima década. México no está en una negociación: está en una negociación permanente, con la misma pistola sobre la mesa cada año. Eso obliga a construir una posición que no dependa de quien esté enfrente, porque los cancilleres pasan y las revisiones se quedan.
El segundo es el migratorio, y aquí la Cancillería ha hecho un trabajo que merece reconocerse, aunque sin resultados aún. Diecisiete mexicanos han muerto en operativos migratorios o bajo custodia del ICE con Trump. Velasco presentó 20 denuncias en ocho estados, una queja ante el Departamento de Justicia y una carta al Alto Comisionado de la ONU. Nadie del lado estadunidense ha informado del estatus de una investigación, y hay 14 mil mexicanos en detención. La ruta judicial es lenta, pero es la única que deja precedente.
El tercero es el más incómodo. Estados Unidos presiona por la entrega de diez funcionarios y exfuncionarios señalados por vínculos con Los Chapitos, empezando por el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya. Sheinbaum ha pedido pruebas y tiene razón en pedirlas. Pero impidió que Rocha retomara la gubernatura por apenas 38 horas antes de la nueva licencia. El lunes el consulado en Tijuana suspendió actividades en Mexicali por una amenaza sin especificar; el Gabinete de Seguridad mexicano no encontró riesgo inminente. O Washington tiene inteligencia que no comparte con su socio, o las alertas se usan como método de presión.
De todo esto sale, creo, la tarea de fondo: impedir que los tres carriles se fundan en uno. El riesgo real no es un arancel, sino que seguridad y migración se usen como monedas en la mesa comercial. En ese trueque México siempre pierde, porque lo que se entrega no son toneladas.
Y queda Canadá. La tentación de negociar por separado y quedar como el socio razonable ha funcionado, y ayer la foto lo confirmó. Pero deja sola a Ottawa frente a una maquinaria que puede voltear hacia nosotros. Acompañar a Canadá es incómodo hoy y probablemente útil en la próxima revisión.
Con todo, conviene decir lo que corresponde. En la semana en que Washington le cerró la puerta a Canadá con un arancel de 50%, el canciller de México estaba del otro lado de la mesa con Marco Rubio, secretario de Estado, hablando de comercio, migración y seguridad. Eso no ocurre por casualidad: es resultado de cultivar esa relación desde la subsecretaría de América del Norte y de insistir en mantener el canal abierto cuando el clima invitaba al portazo. Velasco hizo ayer el trabajo que le toca, el menos agradecido de todos: estar ahí. México llegó a esa oficina y Canadá no. Y en estos tiempos eso ya es mucho.
