Hoy, mientras Trump presumía ante el G7, en Évian, que había conseguido “todo lo que se propuso y más”, él y el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, firmaban digitalmente un memorando de entendimiento que, en teoría, pone fin a casi cuatro meses de guerra. El mundo aplaude. Yo prefiero leer la letra pequeña.
El documento se llama, con una solemnidad que ya de por sí desconfía de sí misma, Memorando de Islamabad de Entendimiento. Catorce puntos que dejan pendientes muchas de las cuestiones más espinosas —como la forma de desmantelar el programa nuclear iraní— hasta que se alcance un acuerdo definitivo, con un periodo de negociación de 60 días que comenzará en Suiza. Lo que se firmó hoy, en el fondo, es un acuerdo para ponerse de acuerdo.
Y lo verdaderamente difícil es el uranio. Irán posee uranio enriquecido a 60%, cerca de 90% requerido para fabricar armas nucleares. El punto 8 del memorando es una obra maestra de la ambigüedad diplomática: Irán reafirma que no desarrollará armas nucleares, pero el mecanismo para resolver sus reservas de material enriquecido queda para después. Lo más peligroso del acuerdo, precisamente, sin acordar. Mientras tanto, el acuerdo contempla un programa de desarrollo económico para Irán con una financiación mínima de 300,000 millones de dólares y exenciones petroleras inmediatas. Irán cobra ahora. El desarme nuclear se discute después. Esa asimetría es la grieta más profunda en la arquitectura del pacto.
Nadie menciona en los comunicados triunfalistas que este acuerdo reproduce la lógica del JCPOA de Obama —el mismo que Trump calificó en 2018 como “uno de los peores” jamás firmados. La historia tiene un sentido del humor cruel. Israel, que lanzó la campaña aérea contra Irán en febrero junto a Estados Unidos, queda fuera del memorando, y Hezbolá ya advirtió que Teherán no firmará un acuerdo definitivo mientras Israel no se retire del Líbano. El acuerdo bilateral entre Washington y Teherán flota sobre un conflicto regional que no fue invitado a sentarse a la mesa.
Para México, el impacto es indirecto, pero real. Por Ormuz transita 20% del petróleo mundial: su reapertura baja el precio del barril, lo que complica los ingresos de Pemex y del gobierno federal en un año de Copa del Mundo, ajuste fiscal y una relación con Washington que se mueve según el humor matutino de Trump.
Mi pronóstico: el acuerdo final no llegará en 60 días. Las diferencias sobre el uranio son muy profundas y los actores regionales demasiado incendiarios. Lo más probable es una prórroga negociada que mantendrá la tregua, pero aplazará la resolución estructural. Eso no es un fracaso —es la gramática habitual de la diplomacia en zonas de conflicto crónico—. La paz de los 60 días existe. Lo que todavía no existe es la paz.
