“Espero su respuesta”, exigió con autoridad el príncipe de Macuspana al presidente más poderoso del mundo, tras criticar a su país e indicarle los cambios que debía realizar en su gabinete. “Para también saber a qué atenernos, lo cual siempre se agradece”, concluiría desafiante. La carta, que en un principio parecía inverosímil por su torpeza, había sido difundida por el junior mismo en sus propias redes sociales.
El hijo del expresidente perdió su visado por méritos propios y fue notificado al respecto de manera personal, al igual que otras 75 mil personas en la misma situación: el gobierno norteamericano no hizo del conocimiento público lo que para ellos es un acto administrativo más, pero por alguna razón en México se tomó la decisión de convertir un tema privado en un asunto de gobierno y política exterior justo en este momento. La carta no tenía miramiento alguno, y la prosa virulenta del autor era reconocible a leguas para quienes aún recuerdan la retórica de sus días más obscuros: el lenguaje, las referencias, los lugares comunes. El tono amenazante, la pésima sintaxis. El mensaje, en realidad, no parecía ser fruto tan sólo de la pluma del tal Andy.
“Esta cancelación de visas que han hecho tiene un sentido político, esencialmente”, aseguró la presidenta Sheinbaum en la conferencia matutina del día siguiente, asumiendo la cancelación del visado del junior como un acto de injerencia de un gobierno extranjero en nuestros asuntos internos. “Podemos hacer una revisión de qué ocurre en otros países de América Latina y qué ocurre en nuestro país. Y esto es un sentido de injerencia en la política mexicana. Esa es mi opinión, no veo yo otra razón”, afirmó mientras el discurso oficial convertía la defensa de la honorabilidad de Andy en algo equiparable a la defensa de la soberanía nacional. “Una visa no define a una persona”, declararía horas más tarde en Tamaulipas, sin que viniera a cuento, en la inauguración de un hospital. “Una visa es para entrar a un país, o sea, es para entrar a otro país, nada más que en México la convicción nos dice que el pueblo manda”, aclaró a quien supiera entenderle. “En México no hay nadie que mande más que el pueblo de México”, concluyó vehemente.
En cuestión de horas, la publicación en redes sociales de quien –a final de cuentas– no es sino un precandidato más a diputado local, sin historial alguno en el servicio público, se había convertido en un asunto de Estado en el que tuvieron que centrarse, en un momento, todos los recursos. Un asunto por lo visto urgente, al que se respondió con una carta cuyo mensaje raya en la injuria y compromete a quienes se adhieren a la defensa del junior respaldándolo sin trabas; un mensaje torpe y rabioso, sin estrategia ni coordinación alguna con el gobierno que en estos momentos redefine la relación bilateral y el futuro económico de nuestro país, en la renegociación de los acuerdos comerciales y, ciertamente, no necesita una piedra más en el camino.
Sólo Andy sabe exactamente por qué le quitaron la visa; solamente Andrés Manuel sabe, de igual manera, el alcance de la vinculación que las cortes norteamericanas podrían probarle con los grupos del crimen organizado cuyas cabecillas ya están en su poder y rinden testimonio en estos momentos. Sólo los gringos saben, a ciencia cierta, lo que harán a continuación. “Para también saber a qué atenernos” concluía la carta que aún espera respuesta. El cerco se cierra cada vez un poco más, y el nerviosismo ya es notorio desde Houston hasta La Chingada.
“¿Están disfrutando del show?”, cuestionó el exembajador Landau en un mensaje sin relación aparente con la canallada y el grosero acto de injerencismo cometido por su país al cancelarle la visa al tal Andy. “Rellenen sus palomitas”, recomendó jocoso. “Les va a encantar la siguiente parte…”.
“¡Ánimo!”, solía repetir el expresidente López Obrador al iniciar su show matutino. “Que lo mejor de todo es lo peor que todavía se va a poner…”.
