Llevamos casi dos meses girando alrededor del mismo punto muerto. Desde el 29 de abril, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos presentó cargos formales contra Rubén Rocha Moya y otros nueve funcionarios sinaloenses, la conversación pública en México oscila entre dos posiciones que ya suenan a disco rayado: “es una intervención inaceptable” y “es un narcogobierno que hay que denunciar”. Ninguna de las dos es falsa. Ninguna de las dos alcanza para entender por qué esto no se mueve.
No se mueve porque es un empate perfecto de incentivos perversos. Cada actor en esta historia tiene razones poderosas para quedarse exactamente donde está. Sheinbaum no puede ceder sin que le cueste caro en cualquiera de las dos direcciones: si actúa bajo presión de Washington, entrega a un gobernador morenista obedeciendo a Trump, lo que destruye la narrativa de soberanía, que es su principal capital político frente al norte; si no actúa, carga semana tras semana con la etiqueta de narcogobierno ante 62% de los mexicanos que, según Enkoll, ya considera creíbles las acusaciones contra Rocha. Esa pinza no se abre con discursos. Es estructural.
La estrategia elegida por Palacio Nacional es el tiempo. La apuesta interna es que Trump necesita a México como villano de campaña hasta noviembre y, que después del midterm, la presión cede. Es un cálculo que tiene su lógica. También tiene su punto ciego: la narcopolítica no es una ocurrencia trumpista. Es el único tema de política exterior donde demócratas y republicanos no discrepan. El problema bilateral no termina en noviembre. Sólo cambia de tono. Trump, por su parte, tampoco tiene ningún incentivo para cerrar este capítulo antes de las elecciones. México como narcogobierno rinde electoralmente. Cada semana de silencio desde Sinaloa es una semana más de narrativa gratuita para la Casa Blanca. Y Rocha Moya, mientras tanto, sigue en su casa. No en la cárcel, no prófugo, no cooperando: en su casa, en Sinaloa, esperando que el tiempo haga lo que la política no puede. Que los peces chicos se entreguen a Nueva York mientras el gobernador permanece en su domicilio es una imagen que el gobierno mexicano no ha logrado explicar con ningún argumento jurídico.
Hasta la aparición del libro de Ken Salazar se enmarca en este mismo escenario. El exembajador anuncia para el 28 de julio unas memorias en las que dedica más de cien páginas a su gestión en México y en las que, entre otras cosas, sostiene que López Obrador estaba preocupado por lo que El Mayo Zambada pudiera revelar a las autoridades estadunidenses. El libro no llega en el vacío: aterriza sobre el mismo expediente abierto, en el mismo momento de tensión bilateral, alimentando exactamente la conversación que el gobierno mexicano lleva dos meses intentando administrar.
La Cancillería pidió el expediente completo. La FGR dijo que no hay pruebas suficientes. Estados Unidos no tiene incentivo para facilitarle a México la salida institucional limpia antes de noviembre. Todo el mundo está haciendo exactamente lo que sus intereses les dictan. Y el resultado es un pantano que nadie tiene prisa por secar. Lo que nadie dice es cuánto daño se acumula mientras tanto. No el daño diplomático, que es manejable. El daño a la percepción interna. Cada semana sin resolución no desarma la narrativa del narcogobierno: la consolida. El término ya no necesita ser demostrado en el pantano de indefinición y de mutismo. Porque vive en el espacio de la percepción, que en política es el único espacio que determina los resultados electorales. Y ahí, en ese espacio, el gobierno mexicano lleva dos meses perdiendo terreno en silencio. Los escenarios de salida son conocidos, aunque nadie los declara. El más probable no es el institucional ni el de la confrontación abierta. Es el acuerdo bilateral opaco: en alguna reunión de subsecretarios (u operadores) —como las que seguramente ya empezaron en junio— se negocia un paquete, México entrega a alguien, EU baja el tono, los dos se declaran satisfechos con “la cooperación”. Es la forma en que estas crisis suelen resolverse. Funcional, discreta y completamente inútil para atacar el problema de fondo.
Porque lo que hace este caso verdaderamente imposible de destrabar no es la diplomacia ni el derecho. Es la pregunta que lleva décadas sin respuesta honesta en México: ¿dónde termina el partido y dónde empieza el cártel? Mientras esa pregunta se siga esquivando, el pantano no es una crisis. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado.
