La obra maestra del miedo

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Hay una ironía que la economía lleva siglos fingiendo no ver: el sistema que dice funcionar solo, que se jacta de su eficiencia y sus mercados libres, descansa sobre una base de trabajo no remunerado que en su enorme mayoría hacen mujeres. No como metáfora. Como dato. La Organización Internacional del Trabajo calculó en 2018 que las mujeres realizan 76.2% del trabajo de cuidados no remunerado a nivel global. Ese trabajo —criar, alimentar, limpiar, sostener enfermos, acompañar ancianos, hacer funcionar un hogar como si fuera una empresa mediana— fue valuado por el McKinsey Global Institute en 10.8 billones de dólares anuales, eso supera el PIB combinado de Alemania y Japón. El Banco Mundial estima que cerrar la brecha de género en participación laboral agregaría 160 billones de dólares a la riqueza global. 

Esto no es nuevo ni es moderno. La FAO documenta que en la agricultura de subsistencia de países en desarrollo las mujeres producen entre 60 y 80% de los alimentos. En la Mesopotamia antigua, las mujeres tenían derecho a poseer tierras y firmar contratos comerciales. En los tianguis prehispánicos, las mujeres eran el núcleo de la red de distribución. En la Europa medieval, participaban en los gremios de artesanos. En la Segunda Guerra Mundial, seis millones de mujeres ingresaron a la manufactura industrial en EU en menos de cuatro años, sostuvieron la economía de guerra, y fueron regresadas a casa en cuanto los hombres volvieron del frente.

Sobre ese patrón, Susan Faludi escribió en 1991 lo que sigue siendo el análisis más lúcido del mecanismo: cada avance concreto en los derechos de las mujeres es seguido por una contraofensiva cultural que intenta revertirlo o, al menos, neutralizarlo. Backlash lo demostró con datos de prensa, legislación, entretenimiento y publicidad de los años 80. Lo que Faludi no alcanzó a ver es que 30 años después la contraofensiva ya no sería cultural, sino directamente legislativa: estados que revocan el derecho al aborto, cortes que anulan protecciones históricas, movimientos políticos que convierten la subordinación de las mujeres en plataforma electoral.

Silvia Federici ofrece la explicación estructural más incómoda. En Calibán y la bruja rastrea cómo la acumulación capitalista originaria requirió, literalmente, la destrucción del poder económico autónomo de las mujeres. La caza de brujas no fue histeria colectiva ni superstición medieval tardía: fue la persecución sistemática de mujeres que controlaban saberes reproductivos, tierras comunales y redes de intercambio por fuera del mercado formal. El capitalismo no surgió a pesar de la opresión de las mujeres. La necesitó. Construyó sobre ella su primera infraestructura. Kate Manne precisa el argumento con una distinción que vale la pena retener. En Down Girl separa el sexismo de la misoginia, que no es odio irracional sino un mecanismo de aplicación: la hostilidad que se activa específicamente cuando una mujer no cumple con lo que se espera de ella. La misoginia persigue a las que ocupan espacios que no les fueron asignados.  

Arlie Hochschild ya había documentado en 1989, con encuestas y trabajo de campo, que las mujeres que ingresaron al mercado laboral no abandonaron el trabajo doméstico: acumularon ambos. The Second Shift nombró lo que toda mujer con trabajo remunerado ya sabía: la jornada no termina al salir de la oficina. Décadas después, el FMI calculó que esa doble carga reduce entre 10 y 15% la productividad de las mujeres en el mercado formal, lo que a su vez se usa como argumento para pagarles menos y promoverlas menos. El círculo es perfecto en su crueldad. Nancy Folbre lo sintetizó en The Invisible Heart: los mercados dependen del trabajo de cuidados para reproducir su fuerza laboral, pero se niegan a reconocerlo como trabajo porque implicaría pagarlo. La invisibilidad no es un olvido. Es una decisión.

Lo que todos estos análisis tienen en común es que desmontan la narrativa de que la exclusión de las mujeres de los derechos y los espacios es un rezago, un retraso cultural, algo que se va corrigiendo sólo con tiempo y buena voluntad. No es un rezago. Es una arquitectura. Fue construida con propósito, se mantiene con esfuerzo, y cuando se amenaza, se defiende. A veces con argumentos sobre la naturaleza o la tradición o la familia. A veces, directamente, con leyes. La pregunta que ninguno de estos libros termina de responder es cómo un sistema sostenido durante siglos sobre el trabajo y el cuerpo de las mujeres logra convencer a tantas mujeres de defenderlo. Eso sí parece un milagro. O una obra maestra del miedo.