No estás solo

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

“No estás sola” era el grito con el que se acompaña a una mujer que acaba de denunciar, que sale del Ministerio Público con las manos temblando. Es una frase de abrazo y de colectivo. Ayer se oyó en otro registro, en el Auditorio Nacional, donde Morena festejaba sus 15 años. Apenas llegó Andy López Beltrán, parte del público le gritó “¡No estás solo!”. Hubo abrazos y selfies. Un hombre que entra a una fiesta y recibe el pésame por adelantado, como si viniera de un velorio.

Ésa es la parte que me intriga. Ayer nadie le había hecho nada. Nadie lo citó ni lo acusó en el salón. El grito iba dirigido a un clima, a la nube que lo sigue desde que dejó la Secretaría de Organización en mayo para buscar una diputación en Tabasco, desde que Estados Unidos le quitó la visa en agosto y él respondió con una carta a Donald Trump en la que llamó “halcones” a Marco Rubio y a Christopher Landau. Hasta donde nos han informado, Andy no enfrenta una acusación formal en México. Tiene señalamientos periodísticos sobre el huachicol fiscal, de los que se ha defendido, y una visa cancelada por razones que Washington no ha explicado. Tiene derecho a que lo traten como inocente. Lo que no entiendo es la urgencia de consolar a alguien antes de que nadie lo haya dejado solo, a menos que quienes gritan sospechen que la soledad viene en camino.

Porque el grito tiene historial. El 25 de marzo de 2025, en la plenaria de Morena en San Lázaro, Cuauhtémoc Blanco dijo entre lágrimas que no era “asesino ni ratero ni violador”. Pesaba sobre él una solicitud de desafuero por la denuncia de tentativa de violación que presentó su media hermana. Varias diputadas de Morena, las mismas que presumen el “llegamos todas”, le respondieron “¡No estás solo!”, y lo repitieron en la tribuna. Esa tarde, el pleno desechó el desafuero por 291 votos contra 158. Blanco merece, como cualquiera, la presunción de inocencia. Lo que dejó helada a mucha gente fue ver cómo la frase que existe para proteger a quien denuncia se usaba para proteger al denunciado. La misma consigna, con los papeles cambiados de lugar.

A mediados de ese año ocurrió en el Consejo Nacional del partido. Adán Augusto López Hernández, con el escándalo de Hernán Bermúdez Requena y su fuga todavía caliente, recibió el mismo “¡No estás solo!” de los consejeros. Otra vez la militancia y el hombre bajo sospecha política. Ahí cabe también Félix Salgado Macedonio, que ni siquiera necesitó coro porque tuvo algo mejor: la exoneración presidencial de 2021, una candidatura que sólo frenó el INE por no entregar su informe de precampaña y, con denuncias de violación a cuestas, el mismo apetito por Guerrero. Hoy los estatutos antinepotismo lo dejan fuera y, aun así, pide una “encuesta espejo”. Su protección fue más callada y por eso, quizá, más eficaz.

Es como una suerte de síndrome de Estocolmo partidista —con permiso de los psiquiatras— esta costumbre de abrazar justo a quien más le cuesta al movimiento. Cada uno de estos nombres le ha salido caro a Morena: un desafuero que dividió a su bancada de mujeres, la sombra de una fuga sobre el Senado, las visas que Washington retira una tras otra a políticos del partido, entre ellos gobernadores. Y la militancia, en lugar de tomar distancia, cierra filas y grita. El cautivo se encariña con quien lo retiene, y aquí el movimiento parece cautivo de sus pesos pesados, de apellidos y cargos que no se pueden soltar sin que algo se rompa. Gritar es barato. En un coro nadie se juega nada y nadie tiene que explicar después por qué gritó.

Lo curioso es que la frase tuvo usos limpios. En diciembre, en el Zócalo, cuando Claudia Sheinbaum celebró los siete años de la llegada de su movimiento al poder, le contestaron con un “¡No estás sola!” y ahí significaba lo que debe significar, el respaldo de una plaza a una Presidenta con aprobación alta. Pero cuando la misma frase sirve para la Presidenta, para el acusado de tentativa de violación, para el senador de la fuga y para el hijo del fundador, deja de significar algo. Se vuelve un sonido de tribu. Y las tribus que ya no distinguen a quién acompañan tampoco pueden explicarle a nadie por qué lo hacen. A Andy nadie lo ha dejado solo, y ahí está el problema de fondo: la soledad más cara de un partido es no tener a nadie que se atreva a decirle, en voz baja y a tiempo, que mejor no. Ayer, en el Auditorio, sobraron voces para el coro. Faltó una para la pregunta.