Hay algo casi grotesco en la coincidencia de calendario: mientras el país entero celebraba el el paso de México a los octavos de final, a las nueve de la mañana de ayer se apagaba, en una videollamada discreta entre Jamieson Greer, Dominic LeBlanc y Marcelo Ebrard, algo bastante más determinante para la vida cotidiana de este país que cualquier resultado deportivo. EU decidió no renovar el T-MEC en su forma actual. El Mundial llena estadios; el tratado que sostiene la mitad de las exportaciones mexicanas entra, a partir de hoy, en un terreno de revisiones anuales cuyo desenlace nadie puede prometer.
Conviene ser precisos, porque el lenguaje aquí no es adorno: Washington no “canceló” el T-MEC ni anunció su salida. Lo que hizo fue negarse a extenderlo automáticamente por 16 años más, como lo pedía México y Canadá conforme al artículo 34.7 del propio tratado. En su lugar, optó por mantener la vigencia actual —hasta 2036—, pero sujeta a un mecanismo de revisión cada año. El acuerdo, dijo Greer, “sigue vigente, pendiente de una resolución de estos asuntos o hasta su terminación”. Es una frase que a la vez tranquiliza y amenaza, que dice “no pasa nada” y “todo puede pasar” en la misma oración, y que retrata bastante bien el estilo de esta administración: la ambigüedad como instrumento de presión permanente.
Ebrard, por su parte, se apuró a proyectar normalidad. Insistió en que el tratado sigue funcionando bajo las reglas vigentes, que no hay riesgo de que alguna de las partes se retire —cosa que exigiría, recordó, una notificación con seis meses de anticipación—, y que el mercado ya había descontado este escenario desde hace meses, por lo que no debería alterar la inversión extranjera directa. Es una lectura optimista, y no del todo falsa: el peso apenas se movió 0.29% tras el anuncio, una reacción que confirma que, en efecto, nadie en los mercados fue tomado por sorpresa. Pero la calma cambiaria no equivale a certidumbre estructural, y ahí es donde el argumento empieza a desgastarse. Como bien señaló la Concanaco, la falta de una prórroga clara tiene un costo directo y medible sobre decisiones que no se toman en tiempo real: relocalización de empresas, cadenas de suministro, planeación de inversión a cinco o diez años. Ese costo no aparece en el tipo de cambio del 1 de julio. Aparece, con retraso, en las decisiones que las empresas no anuncian.
Además, el propio texto del tratado llama a esto “revisión”, pero Trump y su equipo comercial lo llaman “renegociación”. Una revisión, en el espíritu original del T-MEC, es un ejercicio técnico de actualización. Una renegociación es una reapertura completa, con todo lo que eso implica de palanca política y de capítulos enteros vueltos a poner sobre la mesa. Que Washington insista en el segundo término mientras firma comunicados que usan el primero no es un descuido de traducción. Es la manera en que EU se reserva, para cada ronda anual que viene, la posibilidad de pedir más de lo que el texto original obligaba a ceder.
La próxima cita ya está fijada: el 20 de julio, en la CDMX, arranca la tercera ronda bilateral. Ebrard promete que cada revisión tendrá “menos asuntos pendientes que la anterior”, una fórmula que suena bien en un video de redes sociales y que habrá que medir, ronda tras ronda, contra los hechos. Porque el T-MEC no depende ya de una fecha única y solemne, sino de una negociación permanente, sin techo claro, que se repetirá cada año hasta 2036, salvo que en algún punto del camino las tres partes logren, por fin, ponerse de acuerdo en extenderlo.
México entra a esta nueva fase con el país mirando hacia otro lado, distraído por goles y por la fiesta legítima de un Mundial que no va ni siquiera a la mitad. Es comprensible: después de meses de tensión, el futbol ofrece la evasión que cualquier sociedad necesita. Pero el tratado que sostiene el empleo, la inversión y el tipo de cambio de este país no va a esperar a que termine la fiesta para seguir cambiando de forma. El Mundial tiene fecha de cierre. El T-MEC ya no.
