Morir así
En México y el mundo las medidas para el manejo de cuerpos de víctimas de la pandemia tardaron en llegar. Aún se evalúan los riesgos con el mismo rigor con el que se busca una vacuna contra el COVID-19

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
No lo imaginábamos como parte de nuestros días. La pandemia nos ha colocado en una narrativa que habríamos creído impensable. Nos reta todos los días, afectados directamente o no, a una realidad distinta a la que conocimos hasta hace un par de meses, la añoramos y contamos las horas para que regrese. Y si el confinamiento en casa nos resulta un inevitable espejo, si nos confronta y nos reprime, para quienes viven el virus en primera línea, las consecuencias son mayores y se suman a las que padeceremos todos.
Una familia no pensó nunca que casi se quedarían sin restos que despedir. Don Ángel murió en el Hospital General el 21 de abril y su cuerpo fue entregado por equivocación. La funeraria notó el error. Lo reportó Miriam Moreno en Imagen Noticias. Al realizar el reclamo a las autoridades médicas, la solución tardó en llegar. Quienes recibieron los restos, los incineraron.
Y aunque ambas familias ya despidieron a su ser querido, es inconcebible que esta situación se dé en cualquier escenario, pero más aún en una emergencia que requiere protocolos escrupulosos para evitar la propagación de un virus aún, de tantas formas, desconocido.
Tampoco imaginamos ver postales de cementerios en los que se realizan ceremonias de sepultura, donde los encargados de despedir a la persona se convierten en su último contacto con este mundo.
Aunque hablar de “contacto” es un decir, pues los sepultureros deben vestir trajes especiales que los mantengan a salvo de cualquier contagio.
En México y el mundo las medidas para el manejo de cuerpos de víctimas de la pandemia tardaron en llegar. Aún se evalúan los riesgos con el mismo rigor con el que se busca una vacuna contra el COVID-19.
También hemos visto momentos igual de desgarradores. En España, reportó El País, familias hacen grupos de WhatsApp para hablar de su ser querido fallecido y de quien no pudieron despedirse en una ceremonia necesaria para la sique humana.
Fotos, videos y anécdotas se cuentan en línea para honrar una memoria que requiere de instantes para soltarse, para irse. En algunos países se permiten los funerales, pero con la condición de que sean con un número reducidísimo de personas. En otros, la instrucción es más dura: sin despedida, se incinera o inhuma de inmediato.
Y aunque ante las condiciones llega la creatividad, hay quien escribe, quien usa las redes sociales, quien acude a misas en YouTube o quien abraza fuerte una fotografía, estas postales serán acaso las más duras de este episodio histórico.
Decir adiós es un acto obligado, parte de la naturaleza humana y hoy también parte de una realidad que no imaginamos nunca que sería la nuestra.
Estos también son saldos de la pandemia.
Y cuando esto termine o, dicho con más sensatez, cuando iniciemos el regreso a lo que conocimos como normalidad, será un asunto a resolver.
No sólo para quienes han sufrido las pérdidas, también para los que son testigos de ellas y para el resto, porque todos indudablemente comenzaremos a replantearnos tantas cosas, empezando por el valor de la vida.