Hitler le ganó a Lenin

La historia, esa dramaturga con peculiar sentido del humor, decidió montar su propia versión de la conclusión de la Segunda Guerra Mundial en miniatura en un pequeño distrito peruano. Esta vez, sin tanques, sin la Wehrmacht, sin el Ejército Rojo. Sólo dos hombres, ...

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

La historia, esa dramaturga con peculiar sentido del humor, decidió montar su propia versión de la conclusión de la Segunda Guerra Mundial en miniatura en un pequeño distrito peruano. Esta vez, sin tanques, sin la Wehrmacht, sin el Ejército Rojo. Sólo dos hombres, dos nombres y una urna electoral. Hitler Alba Sánchez contra Lenin Vladimir Rodríguez Valverde, disputándose la alcaldía de Yungar, un distrito de apenas 3,000 habitantes en los Andes peruanos. No es broma, aunque lo parezca. Hitler le ganó a Lenin en las urnas, democráticamente, sin necesidad de invadir Polonia ni de sobrevivir en Leningrado ni de cruzar las fronteras de Yungar. La ironía es tan densa que casi se puede cortar con un cuchillo: el fascismo triunfó sobre el comunismo mediante el voto popular, ese mecanismo que ambas ideologías despreciaban con igual fervor.

Los padres de estos candidatos, probablemente ajenos a las complejidades de la historia europea del siglo XX, eligieron estos nombres por razones que sólo ellos comprenden. Quizá les sonaban imponentes, cómo resonaban en el aire andino o simplemente querían que sus hijos llevaran nombres que sugirieran poder y autoridad. Lo que sea que hayan pensado, involuntariamente crearon una alegoría política digna de un guion de Woody Allen. La serpiente ideológica se muerde la cola: Hitler gana una elección democrática, mientras que Lenin, cuyo tocayo llegó al poder mediante una revolución violenta, acepta pacíficamente su derrota en las urnas. Es como si la historia estuviera burlándose de sí misma, carcajeándose de nuestras grandilocuentes narrativas sobre el conflicto ideológico dominante en el siglo XX y redivivo con pintorescas y polarizadas pugnas y ridículas ferocidades en el siglo XXI.

Este Hitler peruano no tiene planes de anexionar los distritos vecinos ni de establecer un Tercer Reich andino. Sus promesas de campaña son mucho más pragmáticas: mejor infraestructura, más desarrollo local, los típicos compromisos de un alcalde para una población pequeña. Y este otro Lenin no pretende iniciar una revolución proletaria ni colectivizar las tierras de Yungar. Sus preocupaciones y propuestas fueron las mismas que las de cualquier otro candidato local en Perú.

Y ahí radica la verdadera ironía: mientras el mundo sigue debatiendo las grandes ideologías, mientras algunos todavía libran las batallas del siglo pasado, la realidad a nivel local se preocupa por asuntos mucho más elementales. ¿Qué importa la raza aria o la dictadura del proletariado cuando hay baches que arreglar y tubería que remplazar?

La victoria de Hitler sobre Lenin en Yungar nos recuerda que, al final, la política local tiene poco que ver con las grandilocuentes narrativas históricas. Es una lección de humildad para todos aquellos que siguen viendo el mundo a través del prisma de las luchas ideológicas del siglo XX: mientras ellos debaten sobre fascismo y comunismo, la gente común vota por quien cree que arreglará mejor las calles de su pueblo.

Los nombres de estos candidatos, cargados con el peso de la historia más sangrienta del siglo XX, terminaron siendo protagonistas de una comedia política que desnuda la futilidad de nuestras grandes divisiones ideológicas. Hitler y Lenin, reducidos a competir por una alcaldía en los Andes, son el recordatorio perfecto de que la historia tiene un sentido del humor muy peculiar. Y quizás esa sea la lección más valiosa de esta curiosa elección: cuando las grandes ideologías se reducen a una contienda local en un pequeño distrito peruano, cuando Hitler le gana democráticamente a Lenin, tal vez sea momento de admitir que nuestras épicas batallas ideológicas son, en el fondo, tan absurdas como los nombres de estos candidatos; las ideologías, como los nombres que las encarnan, no tienen peso si no están ancladas en las realidades de quienes las abrazan. Y si no aprendemos esa lección, seguiremos atrapados en el mismo juego inútil de símbolos vacíos, repitiendo la historia como una mala broma.

Así que, querido lector, ríase de esta historia si quiere. Pero también reflexione: ¿qué tanto de nuestra política actual es sólo ruido, símbolos desprovistos de significado, nombres que no nos llevan a ningún lado? Mientras no respondamos esa pregunta, el espectáculo continuará, y la serpiente seguirá mordiendo su cola.

  • ADDENDUM

Hitler Guesclin Alba Sánchez y Lenin Vladimir Rodríguez Valverde: esos son los nombres de los protagonistas de esta delirante historia electoral andina.

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