Las ficciones del tamaño del universo

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

El 28 de marzo, una camioneta voló por los aires en la carretera México-Pachuca, a la altura de Tecámac, justo después de salir del AIFA. Dentro, Francisco Efraín Beltrán, El Payín, presunto operador del Cártel de Sinaloa, y su chofer Humberto Rangel Muñoz. Mes y medio después, CNN reveló lo que entonces nos vendieron como folclor narco: un asesinato selectivo facilitado por agentes operativos de la CIA, ejecutado por la unidad Ground Branch como parte de una campaña ampliada de la agencia dentro de México.   New York Times matizó horas después: la CIA aportó inteligencia y participó en la planificación, pero no hubo agentes en el terreno. Una diferencia que en la práctica sólo cambia el lugar exacto donde se aprieta el botón.

La respuesta oficial fue inmediata, indignada y previsible. Omar García Harfuch desmintió “categóricamente” cualquier operación letal, encubierta o unilateral de agencias extranjeras en territorio nacional. La portavoz de la CIA, Liz Lyons, calificó el reporte como “información falsa y sensacionalista”, una “campaña de relaciones públicas para los cárteles” que pone en riesgo vidas estadunidenses. Y ayer, Claudia Sheinbaum remató: “Es una ficción del tamaño del universo”, dijo, e invitó a imaginar “el tamaño de la mentira que la propia CIA tiene que salir a desmentirlo”. Acusó un “nado sincronizado mediático internacional” contra su gobierno y, casi al pasar, deslizó la pregunta más incómoda: “¿Cuál es el interés de CNN?”.

La pregunta merece tomarse en serio, pero conviene desdoblarla. Hay al menos, tres ficciones simultáneas. La primera es la de Washington, que llevaba semanas montando el escenario. El 8 de mayo, frente a madres de víctimas de fentanilo en la Rosaleda, Trump decretó que “los cárteles gobiernan México, y nadie más”. Pete Hegseth —secretario de Guerra— compareció ante la Cámara y exigió que México “dé un paso adelante” para que EU “no tenga que hacerlo”. La nueva Estrategia Nacional de Control de Drogas 2026 colocó a México junto a Colombia como objetivos prioritarios.

La segunda ficción es la nuestra. Sostener que en México no operan agentes extranjeros, después de que en abril se ejecutara un operativo en Chihuahua con participación de la CIA, aparentemente sin conocimiento previo del gobierno federal, es pedir un acto de fe que ni los manuales de seguridad nacional resisten. La cooperación de inteligencia entre la DEA, la CIA y las agencias mexicanas no es invención de Natasha Bertrand: es la columna vertebral, opaca y nunca votada, de la política antinarcóticos desde los 70. El gobierno puede tener razón en denunciar el sensacionalismo del titular; el problema es que negar lo accesorio sirve, demasiado convenientemente, para no discutir lo esencial.

La tercera ficción, la sociológicamente más reveladora, es la del Estado-nación soberano en una era donde la soberanía ya no se mide por banderas sino por capacidad operativa. Schmitt diría que soberano es quien decide sobre la excepción. ¿Quién decidió en Tecámac? Si fue solo México, ¿por qué nadie hasta hoy había reivindicado el operativo como logro? Si fue un esfuerzo conjunto, ¿por qué la indignación performativa? Y si Washington miente, ¿qué le impide mentir mañana en sentido contrario, para justificar una operación mayor en un sexenio que ha designado a los principales cárteles como organizaciones terroristas extranjeras?

La discusión sobre si El Payín murió por una granada mexicana o una operación gringa es un señuelo. Lo que está en juego no es la autoría del explosivo, sino la autoría del marco. Quién narra, filtra, desmiente y dibuja los mapas de la próxima incursión. Mientras CNN, NYT y Palacio Nacional discuten ficciones del tamaño del universo, Trump construye el consenso doméstico para hacer lo que lleva un año amenazando. Y nosotros oscilamos entre la indignación nacionalista y la sospecha cosmopolita, sin advertir que el verdadero estruendo no fue el de la camioneta, sino el silencio con que aceptamos que dos hombres volaran por los aires en una autopista a pleno día. Como si eso, en este país, ya no diera ni para columna.