Lo duro y lo tupido

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Terry Cole no improvisa. Ayer, en Orlando, durante la primera Cumbre por un Estados Unidos Libre de Fentanilo, el director de la DEA dijo que existe una “conexión mortal” entre las redes de los cárteles y el gobierno mexicano. Y remató: “son uno mismo”. No dijo algunos funcionarios, no dijo ciertos gobiernos estatales, no dijo bolsones de corrupción. Dijo el gobierno mexicano. Así, completo, sin matices, ante un auditorio de coaliciones comunitarias antidrogas que aplaudió la contundencia. 

La respuesta llegó puntual, como llega siempre. El Gabinete de Seguridad en pleno –SSPC, Defensa, Marina, FGR, Guardia Nacional– emitió un comunicado conjunto: las afirmaciones “carecen de sustento”, los resultados están a la vista, la Operación Enjambre suma más de 80 servidores públicos detenidos, incluidos siete alcaldes en funciones. Y la Presidenta, en la mañanera, repitió lo que ha dicho desde mayo: EU no ha entregado una sola prueba de sus acusaciones contra Rubén Rocha Moya y los otros nueve funcionarios sinaloenses.

Todo correcto. Todo verdad, incluso. Y todo, me temo, insuficiente. Porque si uno toma distancia y mira la secuencia completa, el patrón es inconfundible. Primero fueron los cargos de la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York contra Rocha Moya. Luego, la carta de los fiscales al juez Cogan en el caso de El Mayo Zambada, con su catálogo de sobornos “a todos los niveles del gobierno mexicano”: policías que escoltaban cargamentos, mandos militares que avisaban de operativos, funcionarios que consultaban con el cártel los procedimientos en su contra. Luego Trump en el G7, hablando de territorios controlados por los cárteles. Ahora Cole en Orlando. La semana que viene será otro escenario, otro micrófono, otra frase diseñada para el titular.

No es una escalada. Es una rutina. Y ésa es precisamente la trampa: Washington ha convertido la relación bilateral en un cuadrilátero donde México pelea todos los días, pero nunca elige ni el ring ni el horario ni las reglas. El gobierno estadunidense golpea por la mañana; el mexicano responde por la tarde. Al día siguiente, lo mismo. Le dan duro y tupido, y la respuesta –siempre reactiva, siempre defensiva– termina por confirmar el guion del adversario: un gobierno permanentemente explicándose es un gobierno permanentemente sospechoso. Contra las cuerdas no se gana; a lo mucho se sobrevive hasta la campana. Y aquí no hay campana: hay elecciones intermedias en Estados Unidos en noviembre, y el fentanilo es la pieza más rentable del tablero electoral republicano.

¿Qué debería hacer Claudia Sheinbaum, entonces? Lo primero es entender que el desmentido diario ya no es una estrategia: es un reflejo. Y los reflejos no cambian peleas.

Cambiar de cuadrilátero significa, para empezar, dejar de responder a las declaraciones y empezar a responder a la estructura. Si Estados Unidos no entrega pruebas, que México lo documente formalmente y por los canales que duelen: notas diplomáticas públicas, un mecanismo bilateral con calendario y verificación, no cooperación “en los hechos” que Washington capitaliza sin reconocer. Que cada acusación sin sustento tenga un costo diplomático registrado, no sólo un desmentido matutino que se evapora a las 24 horas.

Significa, también, tomar la iniciativa judicial antes de que la tome Nueva York. Si hay expedientes contra políticos —y los hay, todos sabemos que los hay—, más vale que las órdenes de aprehensión salgan de la FGR antes que de la Fiscalía del Distrito Sur. Cada caso que Estados Unidos anuncia primero es una derrota narrativa que ninguna Operación Enjambre compensa. La zona de confort de acusar recibido es carísima; procesar por adelantado, en cambio, desarma el argumento de Cole mejor que cualquier comunicado conjunto.

Y significa, finalmente, invertir la carga del reclamo. México tiene su propio expediente contra EU: las armas que cruzan hacia el sur sin que una sola armería pierda su licencia, los precursores químicos que entran por sus puertos, el lavado de dinero que pasa por sus bancos, la demanda de drogas que nadie en Orlando mencionó ayer. Ese expediente existe, pero se usa como escudo retórico en la mañanera, no como agenda activa en Washington, en la OEA, en donde se construye la percepción internacional. La “conexión mortal” tiene dos extremos, y sólo uno está siendo nombrado todos los días.

La Presidenta ha dicho que México no se subordina. Pero la soberanía no se defiende únicamente resistiendo golpes: se defiende obligando al otro a pelear también en tu terreno. Mientras eso no ocurra la escena se repetirá cada semana con precisión de calendario: un funcionario estadunidense declara, el gabinete mexicano desmiente, y el país entero sigue contra las mismas cuerdas, del mismo cuadrilátero, recibiendo lo duro y lo tupido.