Por una tarde, México fue un solo país. El Tri venció 2-0 a Sudáfrica y rompió una racha de siete inauguraciones mundialistas sin triunfo: la primera victoria de nuestra historia en un partido inaugural, y tenía que ser en casa, en el tercer Mundial que organizamos. Julián Quiñones abrió al minuto 9 y Raúl Jiménez, al 67, marcó su primer gol en mundiales — y lo celebró entre lágrimas, dedicándoselo a su padre. Un hombre que hace unos años tenía el cráneo fracturado y la carrera desahuciada, llorando un gol mundialista en el estadio donde Maradona hizo la mano de Dios. Si el futbol no fuera ya la religión laica de este país, ayer se habría fundado.
Esta alegría cayó sobre un país exhausto de la polarización que convirtió cada sobremesa en trinchera; de las presiones de Washington; del dolor de las madres buscadoras, ignoradas por López Obrador y por la actual administración; del recorte a las pensiones; del chantaje cíclico de la CNTE; de la violencia que persiste en Sinaloa, en Guanajuato, en Guerrero... En medio de todo eso, 90 minutos de tregua. Porque eso es el futbol en México: de los últimos pegamentos sociales que nos quedan. Nos une un balón. Es poco y es muchísimo: en el Ángel anoche no había morenistas ni opositores, había mexicanos.
Pero los dioses de esta tierra son muchos y no todos estaban de humor tan festivo. Si los aztecas nos regalaron el triunfo en su propio estadio, los mayas mandaron el diluvio al silbatazo final. Llovió con saña sobre la Ciudad de México y las calles se inundaron, como cada temporada, recordándonos que la infraestructura de esta capital no resiste ni la celebración. Hay algo de pedagogía divina en la secuencia: te doy la alegría, pero te mojo los pies para que no flotes demasiado. Que el agua nos llegue al tobillo justo cuando el júbilo nos llegaba al pecho es la metáfora más mexicana imaginable.
Y quizá valga la pena detenerse un momento en esa alegría, porque ya nos era tan necesaria que casi habíamos olvidado su textura. Hace mucho que este país no se permitía un júbilo sin asterisco, una emoción que no viniera acompañada de su inmediata refutación en redes. Ayer nos lo permitimos, y al hacerlo recordamos algo que ningún discurso oficial puede decretar: ser mexicano no es una postura ante la coyuntura. Ser mexicano es esta alegría escandalosa y contagiosa, capaz de convertir un gol en fiesta nacional; es la calidez con la que este pueblo recibe al extranjero; es la capacidad de trabajo de millones que sostienen al país a pesar de sus gobiernos; el humor que nos permite reírnos hasta del diluvio que nos inundó la celebración. Ésas son las señas de identidad que ninguna división ha logrado quitarnos. Todas y todos somos eso antes que cualquier etiqueta. El balón ayer nos lo recordó.
Y ahí está la advertencia que esta columna quiere dejar antes de que la intoxicación pambolera nos gane a todos. La euforia es legítima; la amnesia, no. El riesgo del Mundial no es perder contra Corea del Sur: es que éste funcione como anestesia. Que las autoridades descubran que un país distraído, no exige; que los ciudadanos aceptemos el trueque de goles por silencio. Las madres seguirán buscando el 18 de junio, llueva o juegue el Tri. Los desaparecidos no entran al estadio. Las pensiones recortadas no se reponen con puntos en el Grupo A. El futbol puede ser tregua, pegamento, respiro, lo que no puede ser es coartada.
Yo agradezco hondamente que una derrota no haya caído para terminar de exasperar el ánimo nacional, nos merecemos un poco de alegría, una válvula urgente. Celebremos, entonces, sin pedirle perdón ni permiso a ningún otro país: el nuestro se ha ganado el derecho a una alegría completa. Pero quede el pacto por escrito, con las dos pirámides como testigos: los dioses aztecas nos dieron los goles; los mayas, el aguacero. Nosotros, gobiernos y ciudadanos, decidimos a cuál de los dos mensajes le ponremos atención cuando se vaya la FIFA.
