Crispación
En México, la crispación ha dejado de ser un simple estado emocional para convertirse en una estrategia de gobierno y en una peligrosa constante en la vida pública. En las últimas semanas, hemos sido testigos de cómo la confrontación se ha intensificado a niveles ...

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
En México, la crispación ha dejado de ser un simple estado emocional para convertirse en una estrategia de gobierno y en una peligrosa constante en la vida pública. En las últimas semanas, hemos sido testigos de cómo la confrontación se ha intensificado a niveles preocupantes, con un país polarizado que observa con alarma cómo los actores más poderosos —la clase política, el Poder Judicial, la SCJN, los medios de comunicación, el empresariado y hasta la embajada de Estados Unidos— se encuentran en una lucha constante y frenética en torno a la polémica reforma al Poder Judicial.
Lo que debería ser un ejercicio democrático de debate y consenso se ha transformado en una batalla campal donde las acusaciones, los descalificativos y los bloqueos físicos y legales son la norma. Esta crispación no es casual; es el resultado de una política de imposición y urgencia que parece más interesada en sellar con fuego un legado presidencial que en pensar en las consecuencias para el país. El forzado fast track con el que se quiere aprobar la reforma, sin los consensos necesarios y en medio de un caos institucional, no sólo está minando la certidumbre jurídica y económica del país, sino también crea un entorno tóxico que pone en riesgo el cierre del gobierno López Obrador y el arranque del mandato de Claudia Sheinbaum.
La urgencia por aprobar la reforma ha encendido las alarmas en todos los sectores. La clase política se encuentra dividida, el Poder Judicial ha entrado en una fase de resistencia activa, los medios critican la estrategia gubernamental y el empresariado teme por el impacto que este clima de incertidumbre tendrá en los mercados y en las inversiones. Incluso la embajada de EU ha expresado su preocupación, pues la perciben como un ataque a la independencia judicial y a las garantías democráticas en el país.
Este clima de confrontación es dañino no sólo para la economía mexicana, que depende de la estabilidad y la certidumbre jurídica para atraer inversiones en un momento clave, sino también para el tejido social del país. Los mercados observan con recelo cada paso en este proceso legislativo exprés, y las señales que se están enviando al mundo son alarmantes: un país dispuesto a modificar sus estructuras fundamentales sin el más mínimo respeto por los contrapesos y la legalidad. En lugar de aprovechar la oportunidad histórica del nearshoring, México se expone a una crisis de confianza que podrían costarle miles de millones de dólares en inversión y la posibilidad de consolidarse como un jugador clave en la economía global.
Pero, más allá de los mercados y la economía, la crispación erosiona el cierre del gobierno de López Obrador, que se suponía debía ser una transición ordenada y estable hacia el nuevo sexenio. En lugar de dejar un camino despejado para su sucesora, el Presidente parece empeñado en heredarle a Sheinbaum un escenario de caos y confrontación. La nueva Presidenta, quien llega con una legitimidad nunca antes vista y con una mayoría calificada en el Congreso verá empañado su mandato desde el primer día, obligándola a lidiar con los restos de una batalla política que no pidió y que no merece.
La crispación no es una estrategia sostenible. La confrontación constante deteriora la institucionalidad, socava la confianza de los ciudadanos en sus gobernantes y polariza al país a niveles peligrosos. Para Sheinbaum, comenzar su Presidencia bajo este clima de incertidumbre no sólo complicará la implementación de su agenda, sino que también podría poner en riesgo su capacidad de gobernar con la estabilidad y el respaldo que su histórica victoria prometía.
México necesita un alto a la crispación. Es imperativo que la clase política deje de ver la confrontación como un medio y se enfoque en el diálogo y el consenso. El país se encuentra en un punto de inflexión, y las decisiones que se tomen hoy definirán el futuro inmediato y la viabilidad del nuevo gobierno. En lugar de seguir adelante con una reforma que, por su proceso atropellado, sólo agrava las divisiones, se debería apostar por la construcción de acuerdos que permitan a México enfrentar sus desafíos con unidad y visión de futuro.
La crispación es una trampa peligrosa de la que debemos salir cuanto antes, de lo contrario, nos arriesgamos a perder la oportunidad de iniciar un nuevo capítulo en nuestra historia con la fortaleza y la esperanza que este país merece.