Comandanta suprema
Claudia Sheinbaum ha demostrado que puede conducir operaciones de alto valor.

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
Hay momentos en la historia de un país que no se pueden ver sino en perspectiva. Este domingo 22 de febrero es uno de ellos. Y la magnitud de lo ocurrido merece decirse con todas sus letras desde ahora: la presidenta Claudia Sheinbaum hizo, como comandanta suprema de las Fuerzas Armadas, lo que ninguno de los presidentes que la precedieron —todos hombres, todos con los mismos recursos e instituciones— logró hacer. Descabezó al Cártel Jalisco Nueva Generación. Abatió a El Mencho. Al narco más buscado del planeta.
Que sea ella quien lo consiguió no es un dato menor. Es el dato.
Por eso, antes que cualquier análisis, corresponde una felicitación sin reservas. A la presidenta Sheinbaum, que condujo la estrategia con firmeza y enfrentó la conferencia del día siguiente con una ecuanimidad que también es liderazgo. Al secretario Omar García Harfuch, quien tiene con este resultado una deuda simbólica saldada: fue El Mencho quien ordenó el atentado del 26 de junio de 2020 contra él, cuando un convoy de 28 sicarios disparó 414 veces contra su vehículo. Sobrevivió para verlo caer. Al general Ricardo Trevilla Trejo, que con la voz entrecortada rindió homenaje a los militares caídos afirmando que “cumplieron su misión”, demostrando que la fortaleza del Estado no está reñida con la humanidad de quienes lo sirven. Y a los 25 elementos de la Guardia Nacional que murieron ese domingo en cobardes ataques del CJNG. Su sacrificio es parte de este resultado. No puede omitirse.
Si bien la planeación y ejecución fueron responsabilidad exclusiva de las fuerzas federales mexicanas, la Presidenta fue transparente al reconocer la inteligencia complementaria de Estados Unidos. El general Trevilla lo describió como “un flujo de información muy importante” a través del Comando Norte, que en esta administración se ha intensificado notablemente. Cooperación sin subordinación: ésa es la fórmula que Sheinbaum ha defendido como principio y que este operativo materializó.
Para la relación bilateral, el abatimiento de El Mencho es un cambio de tablero. Trump había presionado con amenazas de intervención y retórica de máxima presión para que México “hiciera su trabajo”. El propio embajador Ron Johnson reconoció que “bajo el liderazgo del presidente Trump y la presidenta Sheinbaum, la cooperación bilateral ha alcanzado niveles sin precedentes”. Lo que México entregó este domingo es el argumento más poderoso contra la narrativa de un país complaciente con el narcotráfico. Para Trump, el resultado también tiene utilidad electoral de cara a las intermedias de noviembre: la presión funcionó, dirá, el trabajo se hizo. Que haya sido una Presidenta mexicana quien lo ejecutó en los términos de México es un matiz que su retórica no sabe bien cómo procesar.
Para la política interna, la dimensión es igualmente significativa de cara a la elección intermedia de 2027. Sheinbaum ha demostrado que puede conducir operaciones de alto valor, que su gabinete funciona como unidad y que la cooperación con Estados Unidos puede ser útil sin ser humillante. Eso fortalece al oficialismo y obliga a la oposición (la externa y la interna) a encontrar un ángulo crítico donde el gobierno acaba de entregar su mayor victoria en seguridad en décadas.
Hoy corresponde reconocer lo que corresponde. Una mujer, en el cargo más alto del Poder Ejecutivo de México, tomó la decisión más difícil de la política de seguridad y la ejecutó con eficacia y éxito, respetando la ley, la soberanía y a sus propias instituciones.
Comandanta con “A”. Con mayúscula. Y con resultados.