Decapitar al CJNG: victoria táctica, riesgo estratégico

El vacío de poder no produce paz: produce guerra de sucesión. Y las guerras de sucesión en el crimen organizado se libran en las calles.

Columnista Invitado Nacional

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Abraham Hernández Arellano

El 22 de febrero de 2026 quedará en los anales de la seguridad nacional mexicana. El abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho, en Tapalpa, Jalisco, representa el golpe más contundente al crimen organizado en la última década. Quizás más significativo que la captura de El Chapo en términos operativos porque, a diferencia de Guzmán Loera, Oseguera Cervantes construyó una organización diseñada para sobrevivir sin él.

Y ahí radica la paradoja que México debe entender hoy con urgencia.

Minutos después de confirmarse su muerte, el Cártel Jalisco Nueva Generación activó narcobloqueos coordinados en más de ocho estados de forma simultánea. Esa respuesta no es caos: es poder de despliegue y coordinación. Es el funcionamiento de una estructura que tenía protocolos preestablecidos ante la caída de su líder. El CJNG no fue decapitado operativamente. Recibió un golpe histórico, simbólico y estratégico, pero sus células regionales permanecen intactas, armadas y con autonomía táctica plena. Los arsenales asegurados en el operativo no son la excepción; son el estándar de una organización que en 15 años se convirtió en el cártel más poderoso del mundo.

La participación de Estados Unidos es altamente presumible, es esa colaboración bilateral la que llevó al desenlace que hoy conocemos; como lo hemos mencionado con anterioridad, no hay organización delictiva que soporte la fuerza decisiva de un Estado cuando éste se lo propone.

La historia nos enseña que el verdadero peligro llega después. Colombia lo vivió con Escobar, México lo vivió con la propia Sinaloa tras la detención de Ovidio Guzmán López. El vacío de poder no produce paz: produce una guerra de sucesión. Y las guerras de sucesión en el crimen organizado se libran en las calles, sobre las rutas comerciales, sobre las instituciones locales. La fragmentación del CJNG en facciones regionales que compiten entre sí, simultáneamente atacadas por organizaciones rivales que hoy ven una oportunidad histórica, representa un escenario de violencia más complejo y difuso que el que existía con un mando centralizado.

Hay una variable que le añade urgencia excepcional a esta coyuntura: el Mundial FIFA 2026 inicia en poco más de 100 días. México será sede en tres ciudades, entre ellas Guadalajara —epicentro de la crisis de hoy—, la que albergará partidos en el Estadio Akron. El Departamento de Estado de EU ya emitió alertas de seguridad para sus ciudadanos en Jalisco horas después del operativo, al igual que Canadá. La comunidad internacional observa, la FIFA observa, el turismo, los patrocinadores y las televisoras del mundo observan. México tiene una ventana de 30 días para demostrar que el Estado controla el territorio, no para celebrar una victoria que aún no está consolidada.

El gobierno federal tiene hoy una oportunidad que no se repetirá: actuar con inteligencia —no sólo con fuerza— en el vacío que dejó El Mencho. Desarticular infraestructura financiera, romper cadenas de mando regionales, neutralizar operadores antes de que uno de ellos consolide el liderazgo. Pero esa ventana se cierra rápido. La historia también nos enseña eso.

¿El abatimiento de El Mencho es una victoria? Sí, pero celebrarla sin actuar sobre sus consecuencias sería el primer y más costoso error estratégico. México no puede darse ese lujo. No hoy. No con el mundo mirando.

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