Lo sucedido el pasado domingo en Tlatelolco, donde un perrito perdió la vida tras caer desde la cornisa de un onceavo piso, es una tragedia que nos estruja el corazón y que nos exige hacer una pausa para reflexionar con absoluta seriedad sobre nuestro rol como dueños de mascotas. Este doloroso acontecimiento no debe quedarse en la simple anécdota o en el lamento pasajero, sino que tiene que convertirse en un llamado urgente a la prevención y a la responsabilidad dentro de nuestros propios hogares.
Si elegimos vivir en departamentos con balcón o en pisos elevados, debemos entender que la seguridad de nuestras mascotas depende al cien por ciento de nosotros. Los animales son seres inocentes que no tienen la noción del peligro, de la altura ni de las consecuencias de asomarse a una cornisa o a una ventana abierta. Para un perrito o un gatito, un balcón es sólo un lugar curioso para explorar o para buscar refugio si se siente desorientado; ellos no saben que un descuido de un segundo o la pérdida del equilibrio puede ser letal. Somos los adultos a cargo quienes debemos anticiparnos a esos riesgos instalando mallas, colocando protecciones de herrería o cerrando esos accesos.
Además, resulta indispensable señalar una marcada inequidad en la forma en que la sociedad y las leyes reaccionan ante este tipo de negligencias. Si un hecho de esta magnitud hubiera ocurrido con un menor de edad, de inmediato habría una persona detenida o, al menos, bajo una rigurosa investigación por omisión de cuidados. Sin embargo, por tratarse de un animal de compañía, la situación simplemente queda catalogada como un mal momento, un triste accidente o una pérdida dolorosa para la dueña. Esta diferencia no es justa. La vida y la integridad de un compañero de cuatro patas valen y deben ser protegidas con el mismo compromiso legal y ético.
Debemos ser dueños verdaderamente responsables. Adoptar o comprar un animal implica asumir la obligación de brindarle un entorno seguro. No podemos dejar su vida a la suerte o a la confianza de que nada pasará. Cuidar a nuestros compañeros de vida exige tomar medidas de prevención reales antes de que la tragedia nos alcance. Ojalá este lamentable caso sirva para despertar conciencias y evitar que más seres inocentes paguen con su vida el descuido humano.
MARÍA PATRICIA ZÚÑIGA
CIUDAD DE MÉXICO
