El mal día de Eugenio Yáñez
Hoy se cumple un siglo del natalicio de Elena Garro, cuya prolífica obra literaria es una de las más brillantes de Hispanoamérica.
“ —Entonces, ¿es cierto que usted los mató?...
—No. Yo no maté a nadie… Yo no sé nada. Yo les llevé cigarrillos a los muchachos… Y cuando ya se habían ido me trajeron al herido… Lo dejaron de rodillas frente a mi casa… y lo recogí…
—¿Quiénes lo llevaron?
—No sé… Me dijeron por teléfono: ‘El compañero está muy enfermo; cuídelo, compañerito’.
—¿Y quién era?
—No lo sé… Si yo no conocía a los muchachos. Los conocí cuando les llevé cigarrillos…”
Lo peor de toda esa zozobra que, imagino, puede provocar un interrogatorio policiaco, es que el interrogado, Eugenio Yáñez, está diciendo la verdad. Y eso el lector lo sabe perfectamente.
Eugenio Yáñez es el protagonista de Y Matarazo no llamó, que es una singular novela (o nouvelle, por su corta extensión) de Elena Garro. Y lo es no sólo porque quizá sea la obra menos mencionada de la autora mexicana de quien hoy se conmemora el centenario de su natalicio, sino porque es la única de sus obras de ficción que aborda sin rodeos el tema político (en el contexto del México de los años 50 del siglo pasado).
Esas escasas —si no es que nulas— referencias políticas en sus obras resulta un hecho peculiar dada la sabida tendencia de la novelista, dramaturga, poeta y periodista de expresar “en la vida real” sus posturas ideológicas, las que, sin duda controversiales, le valieron el franco desprecio del establishment cultural de la época.
Pero no estamos aquí para defender o atacar sus juicios políticos, sino para abordar, dentro de su prolífico y muy analizado corpus literario, una pequeña novela que ha estado condenada a circular poco entre el mercado librero —de hecho, el lector de esta esforzada columna no la encontrará tan fácilmente, en el remoto caso que emprenda su búsqueda en librerías— y a rondar única y exclusivamente en la periferia de la crítica literaria local.
Porque del resto de su obra, que se sostiene sola, se ha hablado demasiado, dentro y fuera del país. De su teatro, resultan muy profusas las referencias con respecto a una obra dramatúrgica que se sigue leyendo y montando en escenarios. De Un hogar sólido a El rastro, pasando, desde luego, por La señora en su balcón.
Y qué decir de su magnífica cuentística, que va, por ejemplo, de La culpa es de los tlaxcaltecas y El día que fuimos perros dentro del fulgurante volumen La semana de colores, a El niño perdido y Una mujer sin cocina, relatos incluidos en el soberbio libro de relatos Andamos huyendo, Lola. Y en este pequeño resumen, sobresalen dos novelas de grueso calibre: Reencuentro de personajes y, por supuesto esa referencia nodal de la literatura mexicana de todos los tiempos titulada Los recuerdos del porvenir.
Pero volvamos a nuestra noveleta. Escrita en París en 1960, pero entregada a la imprenta tres décadas después, la breve obra que nos convoca relata la vida de un apocado oficinista, Eugenio Yáñez, que vive, sin sobresalto alguno, una solitaria y grisácea existencia de divorciado en la Ciudad de México.
Un mal día, de botepronto, azuzado por una especie de “instinto social” y preso de un asalto de solidaridad, decide obsequiar un paquete de cigarrillos a los trabajadores que sostenían una huelga en una fábrica instalada muy cerca de su casa.
Esa simple, pero significativa punzada de “participación política” revela en el propio Yáñez una parte desconocida incluso para él: la del ciudadano que quiere, casi intuitivamente, adherirse a una “causa justa”, aunque ignora que, simultáneamente, está desatando con ese hecho una serie de adversidades que lo confinarán inexorablemente al precipicio.
¿Y Matarazo? Él, que le da nombre a la novela aunque no es precisamente el personaje central, es un joven involucrado desde mucho antes que Yáñez en la lucha sindical y que pronto, tal vez demasiado pronto, convierte al oscuro oficinista en una especie de espejo discursivo, pues halla en él una persona confiable, siempre dispuesta a escuchar. Así, bajo ese efecto de refracción, se atan, y ese lazo, no exento de desconfianza por parte de Yáñez, se fortalece a lo largo de una historia en la que ambos, cautivos de graves tribulaciones, se verán atenazados por una pesadilla de engaños, abusos y frustración.
Y Matarazo no llamó es un relato de persecución policiaca, de intriga política plena de celos entre militantes, atiborrada de violencia y mentiras, y coronada de desconfianza y ambición por parte de una clase política posrevolucionaria que Garro tanto criticó. Y ahí, dentro de ese río impetuoso que se va formando con palabras, la impunidad irá ganando terreno hasta imponerse dentro de una novela que deja al descubierto un sistema no sólo viciado, sino podrido hasta las raíces.
Esta es una obra que, como dice la investigadora Patricia Rosas Lopátegui, “aborda la literatura de detectives, un género que Garro admiraba como puede verse en otra novela como Mi hermanita Magdalena y en sus relatos de Andamos huyendo, Lola”, pero también es un ruinoso retrato del fango político y policiaco de un México oscuro que, con todos sus resabios, lamentablemente, sigue reptando entre nosotros.
