El amo habría entrado en la estancia con paso rápido y ceño fruncido, buscando descargar su ira sobre algo o, mejor dicho, sobre “alguien”. Epicteto, en su calidad de esclavo (nos ubicamos en Roma, alrededor del año 70 d.C.), estaría barriendo el suelo de piedra. —Ven —le habrá ordenado el amo, fingiendo una mirada ocupada en cosas más urgentes para evitar hacer contacto visual con él. Epicteto habrá obedecido. Desconocemos el motivo del enfado del amo, su origen no llegó hasta nuestros días, sólo intuimos que querría demostrar su poder absoluto sobre el cuerpo de su esclavo y, desde luego, dar rienda suelta a su furia. Habrá cogido una pierna del esclavo con brusquedad, como si fuera un objeto y comenzado a retorcerla, primero con expectativa, luego con cruel impaciencia. Epicteto habrá sentido el dolor incrementarse con rapidez. —Señor… la vas a romper —se cuenta que le dijo. Sus palabras no fueron un desafío ni una súplica; sino una constatación de lo que para él era evidente. El amo, herido en su orgullo por la proverbial calma del esclavo, habrá continuado con más fuerza, empeñado en demostrar que el dolor del otro estaba bajo su poder absoluto. Un crujido habrá terminado con la tensión, metafórica y literalmente hablando, cuando el hueso de la pierna finalmente cedió. Epicteto, en vez de gritar, maldecir o rogar, se dice que guardó silencio y dejó que el dolor pasara a través de él sin transformarlo en resentimiento. —Te lo dije, señor —se cuenta que le dijo tranquilo—, la has roto. La anécdota llegó hasta nuestros días como ilustración paradigmática de que un amo, dominado por la ira, puede ser esclavo de sus pasiones, mientras un esclavo, pese al dolor y la injusticia, puede ser libre en su interior. Éste es un ejemplo del famoso ideal moral del estoicismo: la imperturbabilidad del ánimo y el desapasionamiento.
De un tiempo a esta parte, son cada vez más las voces y las plumas que han denunciado el aumento en la recurrencia de los discursos de odio. Hace poco más de un año, en este espacio, citamos la declaración del secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, cuando, como parte del Plan de acción contra el discurso de odio (2019), declaró lo siguiente: “Durante los últimos 75 años, el discurso de odio ha sido precursor de crímenes atroces. Hoy, me temo que hemos llegado a otro momento decisivo contra esta lacra”. Recientemente, supimos de un joven que disparó contra dos mujeres en una preparatoria de Michoacán, y la semana pasada otro hombre abrió fuego contra varios extranjeros en las pirámides de Teotihuacan. En el primer caso, se encontró que el joven pertenecía a un grupo denominado incels (célibes involuntarios, en inglés) y que pertenecía a grupos en redes sociales que normalizan la violencia y los mensajes de odio hacia las foids (despectivo para designar a las mujeres) y los chads (peyorativo para nombrar a los hombres afectivamente exitosos). Por su parte, el tirador de Teotihuacan, hasta donde se sabe, consumía diariamente contenidos violentos y propaganda de ultraderecha cargada de odio xenófobo y racismo. Asesinó a una turista canadiense, curiosamente, hablando en un afectado registro castellano. ¿Estaremos comenzando a escuchar el crujir del hueso de la pierna de Epicteto?
COJO
Después de décadas de vivir como esclavo, Epicteto fue manumitido. De inmediato fundó una escuela de filosofía. Algunos estudiosos consideran que incluso llegó a gozar de un respeto igual al que le prodigaron a Platón, o hasta superior. Hoy se le considera uno de los grandes educadores éticos del estoicismo. Cojeó el resto de su vida.
