Más ciego, más sordo y más autoritario
El Presidente juega su partida envalentonado, crecido, arrogante sin molestarse por seguir ocultando sus cartas, sin seguir fingiendo en apuestas que no son de su verdadero interés: sin seguir, ni siquiera, tratando de esconder las trampas que pretende utilizar.El ...

Víctor Beltri
Nadando entre tiburones
El Presidente juega su partida —envalentonado, crecido, arrogante— sin molestarse por seguir ocultando sus cartas, sin seguir fingiendo en apuestas que no son de su verdadero interés: sin seguir, ni siquiera, tratando de esconder las trampas que pretende utilizar.
El momento del hibris; el momento entendido por los griegos como la desmesura previa a la caída de quienes cometen errores provocados por su propia arrogancia o, en palabras más actuales, estar en la plenitud del pinche poder, o acariciar la posibilidad de dispararle a alguien, en la 5a avenida de Nueva York, sin sufrir mayores consecuencias.
El momento en que el poder es más palpable —y el gobernante ha aprendido a degustar sus frutos— pero también cuando se entiende, mejor que nunca, lo efímero de su naturaleza. El momento en que el poder asfixia, no sólo por todo lo que permite, sino también —especialmente— porque es cuando se cobra conciencia de que en algún momento llegará a su fin y, con él, habrá de comenzar el juicio de la historia.
Un juicio para el que ningún gobernante está preparado, y mucho menos uno que se creía poseedor de una misión divina que habría de cambiar el país por su propia presencia, y que ahora se enfrenta a un fracaso rotundo, que conoce y trata de esconder, entre nuevas mentiras, cada mañana.
El momento en que el miedo a no poder cumplir con la misión se manifiesta y, al tiempo en que se lidia con la propia frustración, se cometen errores cada vez más graves. Errores que en un principio podrán haber sido perdonados, pero cuyas consecuencias son claras para un pueblo que, si bien sigue creyendo en su líder, también reconoce que algo no marcha bien y comienza a mirarse entre sí, con una inquietud que no tardará en convertirse en desconfianza y decepción.
El miedo trae consigo los errores, y la desconfianza una soledad que, en el caso de quien nunca ha confiado en nadie, será todavía peor. El momento en que los gobernantes dudan de los leales y desconfían hasta de su propia sombra, refugiándose en los zalameros dispuestos a decirles lo que quieren escuchar; el momento en que el poder se escabulle como agua entre los dedos para quien sabe que, más allá de lo que represente su propia popularidad, su legado terminará por depender de una persona que podría traicionarlo en cuanto le fuera conveniente, como él mismo lo hizo en su propio tiempo.
El Presidente juega su partida, y apuesta su resto sin molestarse por ocultar sus cartas. La economía no es su prioridad, como tampoco lo es la igualdad o el fortalecimiento del Estado de derecho. El Presidente quiere el poder absoluto, y sabe que, de ganar la mayoría en el Congreso, el camino para convocar un nuevo constituyente estará más que allanado. Por eso el entramado institucional que inhibe a los opositores, por eso mismo el aparato de propaganda que acalla las voces de los críticos.
Por eso el esfuerzo, sistematizado, por cancelar cualquier tipo de oposición: por eso, también, la gran oportunidad. El Presidente ha tratado de cancelar cualquier oposición que no se identifique con sus luchas pasadas, pero no comprende los factores a los que nunca prestó atención y que dejó de medir —y de entender— hace años.
No contaba con los que no están de acuerdo con él, no contaba con la ciudadanía organizada; no contaba con las mujeres, no contaba con los movimientos sociales que tienen tanta validez como el que él mismo emprendió hace años y cuya brújula perdió al llegar al poder. El derrumbe será brutal, y llegará a tiempo si la oposición se organiza y no se rinde ante una batalla que, aunque complicada, cada vez es más claro que puede ganarse.
Andrés Manuel ha pasado, de ser un héroe de la ciudadanía que podía representar a todos los descontentos, a convertirse en el representante de un gobierno más ciego, más sordo y más autoritario —si cabe— que aquellos a quienes en su momento combatió. Es una pena: las tragedias sobre autócratas no tienen final feliz.