Los aranceles llegarán, pero distintos…

Happy bday, Rox. El mundo cambió el día de ayer. Las medidas de represalia anunciadas por el gobierno chino, como respuesta a los aranceles impuestos por Donald Trump, tendrán repercusiones inmediatas no sólo para la economía ...

                Happy bday, Rox.

El mundo cambió el día de ayer. Las medidas de represalia anunciadas por el gobierno chino, como respuesta a los aranceles impuestos por Donald Trump, tendrán repercusiones inmediatas no sólo para la economía estadunidense, sino, sobre todo, para la política exterior que ha intentado mantener la administración estadunidense en funciones.

La guerra comercial ha comenzado. El primer golpe fue certero: quirúrgico, pero no demoledor. Un golpe de advertencia: China ha tenido tiempo suficiente para prepararse desde la última ofensiva del —otra vez— presidente norteamericano, y sabe muy bien cómo lidiar con un bully de su calaña y naturaleza. Los aranceles a la energía y a los productos industriales; las restricciones a las empresas tecnológicas, así como las exportaciones controladas de metales raros, serán un disruptor en sectores estratégicos como el energético o el tecnológico, y un riesgo mayúsculo para industrias tales como la automotriz o la armamentista.

En lo inmediato, los mercados se volatizarán y la inflación se verá impulsada al alza: en unas cuantas semanas, las empresas comenzarán a anunciar sus primeros recortes de personal, y —en muy poco tiempo— las cadenas de suministro y distribución se verán afectadas por completo, reduciendo de manera directa la competitividad del país en su conjunto. La presión se intensificará de inmediato, y a finales de febrero la crisis se reflejará no sólo en los indicadores macroeconómicos sino en la vida cotidiana de quienes han creído en los postulados del presidente norteamericano: los idus de marzo serían un mal momento, sin duda alguna, si acaso se quisiera repetir la ficha.

Los aranceles a México no llegarán: no lo harán, por lo menos, de la forma en que han sido anunciados por Donald Trump hasta el momento actual. Las tarifas impuestas hacia China incrementarán los precios de los productos electrónicos, los vehículos y los materiales requeridos por la industria estadunidense; la inclusión de México y de Canadá en un despropósito similar desataría una inflación aún mayor, y elevaría substancialmente los precios al consumidor directo. El control de la nación asiática sobre los metales raros limitará a la industria norteamericana, y la imposición de aranceles sobre México y Canadá sólo añadiría una capa adicional a la complejidad, afectando de manera directa los costos y el tiempo de entrega en múltiples ramos: el bloqueo a la exportación norteamericana de energía obligará a las empresas estadunidenses a perseguir mercados más afines, mismos que les serán más adversos en tanto su propio gobierno se siguiera endureciendo.

México puede responder, y sus acciones serían más efectivas de realizarse en coordinación con el gobierno canadiense. EU depende en gran medida de nuestros productos agrícolas, y los norteamericanos resentirían —en gran medida— la imposición de aranceles en sectores específicos. El entramado de las relaciones industriales entre los tres países se ha convertido en el mayor factor de la competitividad norteamericana, y los riesgos de una cooperación posible no superarán jamás los de la operación conjunta. Jamás.

Los aranceles a México no llegarán: no lo harán, por lo menos, de la manera que ha sido anunciada hasta el momento. Las tarifas se impondrán a sectores específicos que logren asegurar a los intereses económicos estadunidenses: para los intereses políticos, las sanciones serán completamente distintas. “Nadie aguanta un cañonazo de 50 mil pesos”, se atribuye en nuestro país al jefe máximo y fundador de la política hoy restaurada; nadie aguanta un cañonazo de órdenes de aprehensión en contra del líder moral del movimiento ni de sus colaboradores más cercanos, parecería ser la traducción que asume el presidente norteamericano hasta el momento. Lo que suceda, a partir de ahora, está por escribirse.

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