Indirectas muy directas

Víctor Beltri

Víctor Beltri

Nadando entre tiburones

Todos hemos estado en una reunión en la que dos personas se tiran indirectas. Sonrisas cordiales, referencias veladas, palabras amables: mensajes crípticos que se espera que el otro reciba mientras el resto del mundo no entiende. Algunas veces funciona; algunas otras, de tanto repetirse, permiten entrever el trasfondo de una conversación privada. 

“Bueno; hoy cumplimos dos años al frente del gobierno de la República, y ayer nos sorprendió el presidente López Obrador con su nuevo libro”, fueron las palabras de la presidenta Sheinbaum al dar inicio a la conferencia matutina del 1 de octubre pasado. La fecha era conmemorativa, en muchos sentidos: el arribo de la mandataria al poder no sólo es uno de los mayores triunfos de la causa feminista en nuestro país –y así debería ser reconocido–, sino que en dos años ha sido capaz de dar un giro propio a un movimiento con el que comparte el fondo, pero al que le ha cambiado las formas. Los reflectores de ese día, por mérito propio, le correspondían más a Claudia Sheinbaum que a un fantasma del pasado: “Todavía no lo tengo”, aclaró sobre la reaparición inesperada que se había convertido en el tema del día. “Espero irlo a comprar hoy”.

“Él dijo, ¿no?”, continuó. “Que iba a retirarse de la política para escribir libros, pero todo libro es político”, señaló entre sonrisas cordiales. “Por eso yo siempre sostengo que no es que necesariamente se haya retirado de la política: se retiró de la vida pública y del actuar político cotidiano, de la acción política, pero se está dedicando a reflexionar y a escribir, que también es una forma distinta de hacer política”, acusó entre palabras amables y referencias que en ese momento dejaron de ser tan veladas. La mandataria tendría razón en el reclamo, si tal hubiera sido su intención: la nota que acaparó la atención el 1 de octubre, tanto en los medios de comunicación como en las redes sociales, no fue el aniversario de la primera mujer presidenta de la Historia de México, sino la innecesaria reaparición pública de un personaje cuya presencia no le afecta a nadie más que al gobierno de la persona que ha comprometido su credibilidad por cuidarlo. López Obrador, por lo visto, no ha entendido que no entiende y hace mucho tiempo dejó de entender. 

Los mensajes dejaron de ser crípticos desde hace mucho tiempo: la revelación sospechosa y oportuna de los audios comprometedores, las fotografías en Tokio, las cenas en la Condesa. Ningún particular, por más recursos que tuviera, sería capaz de coordinar operaciones de tal envergadura sin la colaboración directa de gobiernos o agencias, nacionales o extranjeras. La transformación del país continúa, aunque se derrumben los tótems que le sustentan y dieron origen: las extradiciones en masa, la cooperación bilateral y la destrucción de los laboratorios de producción de fentanilo –los mismos que en el sexenio pasado se aseguraba no existían– no son sino una muestra patente de un cambio de rumbo que cuestiona con indirectas –muy directas– el legado de un megalómano que nunca entendió que su tiempo en el poder habría de pasar algún día. 

Todos hemos estado en una reunión en la que algunas personas se tiran indirectas. Sonrisas, palabras, referencias veladas. Andrés Manuel López Obrador habrá de someterse al juicio de la Historia en algún momento, aunque haya cambiado los libros de texto para justificar sus tropelías ante las generaciones futuras.  La mejor presidenta del mundo, asegura el exmandatario mexicano cuando se atreve a salir de sus cloacas; una mujer encantadora, afirma el presidente Trump cada vez que se refiere a ella. La presidenta Sheinbaum, mientras tanto, sigue mandando indirectas y marcando su propio legado. Algunas cosas saldrán bien; otras, quizá, no tanto: el exmandatario, por lo pronto, debería de aprender a leer entre líneas. También, sobre todo, a entender las indirectas cuando son tan directas.

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