“La DEA y el gobierno de México han endurecido su posición frente a los cárteles mexicanos”, son las primeras palabras en la entrevista a Terry Cole y Omar García Harfuch difundida por la agencia norteamericana apenas unos días después del efímero regreso de Rubén Rocha Moya a la gubernatura de Sinaloa. En política, siempre, la forma es fondo.
“¿Qué mensaje transmite a esas organizaciones criminales el hecho de verlos juntos?”, preguntaba la reportera a los funcionarios que lucían cómodos en la conferencia de prensa. “Y, qué debería entender la gente sobre la fortaleza de la relación entre la DEA y la Secretaría de Seguridad de México?”, cuestionó. “Es una excelente pregunta”, respondió Cole de inmediato. “Quiero enfatizar lo que usted dijo al final. Es una alianza, y estamos trabajando juntos: Omar y yo mantenemos una comunicación constante. Los dos queremos lo mejor para nuestros países: yo quiero lo mejor para EEUU, él quiere lo mejor para México. Esta alianza nos permite seguir avanzando y es realmente importante mantener esta relación con el secretario. Y somos amigos”, enfatizó. “Quiero decir, se dice que no somos amigos, y uno ve cosas en la prensa, pero somos amigos. Nos comunicamos entre nosotros”, aseguró a sabiendas que su mensaje llegaría muy lejos; tan lejos, quizá, como hasta la casa de La Chingada.
El poder, en nuestro país, se disputa por facciones: la intentona de Rocha Moya fue una catástrofe para algunos en el poder, pero también fue una victoria para otros cuantos en el mismo movimiento. La relación bilateral se redefine por instantes, y los gringos parecen haber encontrado un interlocutor con el que pueden entenderse. “Los dos empezamos como policías de a pie”, explicó el director de la DEA al ser cuestionado sobre su buena relación con García Harfuch. “Esa experiencia nos permitió tener un vínculo en común”, reflexionó. “Recuerdo que, cuando Omar nos visitó hace poco en las oficinas centrales de la DEA, recorrimos el espacio de Faces of Fentanyl; cuando fui a la CDMX, visitamos a personas que habían perdido la vida en México. Eso es importante. Eso es lo que significa una verdadera relación”, aseguró mientras García Harfuch asentía. En México, mientras tanto, el Príncipe de Macuspana seguía esperando respuesta a la pataleta que hizo pública tras la revocación de su visa.
Rubén Rocha Moya podría haber regresado al cargo si estuviéramos en otros tiempos: bastaría con agitar un pañuelito blanco, y evocar a García Luna una vez más, para trasladar cualquier responsabilidad al pasado. Las cosas han cambiado, sin embargo, y la situación es completamente distinta: “Ningún interés personal puede estar jamás por encima de los intereses del pueblo y de la Nación”, aseguró la presidenta Sheinbaum en un mensaje críptico cuyo destinatario no se nombra de manera expresa y abre la puerta a la especulación. “Y mucho menos cuando aquello que se pretende colocar por encima de México no es el bienestar de su gente, sino la ambición desnuda del poder por el poder. Porque el poder sin principios se vuelve arrogancia; el poder sin límites, abuso; y el poder que olvida al pueblo, termina enfrentándose a la Historia”.
Juntos Haremos Historia, cabe recordar, era el nombre de la coalición que llevó a López Obrador al poder en el 2018. “México merece servidores públicos que entiendan que los cargos son pasajeros, pero la responsabilidad ante la Nación es eterna”, continuó la mandataria. “El Pueblo no está para alimentar ambiciones personales: está para exigir que se defienda su dignidad, su futuro y su esperanza. Por encima de cualquier nombre, de cualquier grupo y de cualquier interés particular, está el pueblo y la Nación”.
El gobierno defendió a Rocha Moya durante 112 días, tal vez no por sus virtudes sino por sus complicidades. Por sus amigos, por su mejor amigo. Esos tiempos, por lo visto, han quedado atrás: el mensaje entre líneas del segundo informe de gobierno, sin duda alguna, será más interesante que el mero discurso que escuchemos.
