El enroque de Ruffo no cruza la frontera

Víctor Beltri

Víctor Beltri

Nadando entre tiburones

A la Gloria, ratolí.

El gobierno decidió mover sus piezas. “A partir del análisis de información ministerial, aduanera, fiscal, financiera, ferroviaria y de comercio exterior”, explicó la titular de la FGR, Ernestina Godoy, “la FEMDO logró identificar la más grande red de contrabando de combustible detectada hasta el momento”, aseguró.

“La investigación permitió establecer que esta estructura comenzó a operar a través de una empresa vinculada con actividades de servicios portuarios, dragados y operación de puertos fundada por Ernesto N., exgobernador de Baja California, quien fue aprehendido en Ensenada, Baja California, por elementos del Gabinete de Seguridad”.

La noticia, por supuesto, se robó los titulares y opacó cualquier otro tema. El enroque, en ajedrez, es un movimiento defensivo para proteger al rey ante un jaque inminente: la detención y escarnio público de Ernesto Ruffo Appel, en uno de los momentos más complicados de la administración actual, no es una mera coincidencia. Ésas, en política, no existen. A nivel interno, la conversación se desvió de las tropelías cometidas por los gobernadores morenistas coludidos con el crimen organizado, al tiempo que salpicaba a dos partidos de oposición: a partir de ahora, la 4T tratará de convertir a Ruffo en el equivalente a García Luna para todo lo relacionado con el contrabando de combustibles, justo antes de que los grandes escándalos al respecto comiencen a brotar. La culpa de todo será de los conservadores, como siempre, y el aparato mediático estatal se encargará de reforzar el mensaje todos los días.

A nivel externo, sin embargo, la situación es muy distinta. Rocha Moya sigue siendo requerido para su deportación; el proceso contra los narcotraficantes en EU sigue su curso y muy poco importan, en el extranjero, las cortinas de humo diseñadas exclusivamente para consumo nacional. Sobre todo cuando los mismos morenistas están dispuestos a cualquier cosa para salvar su pellejo, como se ha visto con la gobernadora de Baja California.

Los enroques sólo pueden realizarse una vez durante la partida; después de eso, el rey deberá defenderse con las piezas que le quedan. Lo que veremos el resto del sexenio ya está sobre el tablero: cuando se hable de narcotráfico se seguirá mencionando a García Luna; cuando se trate de contrabando de combustible, la referencia constante será Ernesto Ruffo. En lo nacional podría ser suficiente; en lo internacional, seguir negando lo evidente no es sino un despropósito.

La sentencia contra Ismael Zambada se dictará el día de hoy, y su resultado —pero sobre todo, la alocución que al respecto realice el juez Brian Cogan— será determinante para vislumbrar el rumbo y el alcance de las pesquisas que realiza el gobierno norteamericano: en nuestro país, hay que recordarlo, todos los grandes negocios de corrupción entre 2018 y 2024 tuvieron el visto bueno del presidente. Los gringos tienen más información sobre el mapa criminal de nuestro país que el propio gobierno mexicano y se han encargado de soltarla a cuentagotas, a conveniencia. La pinza se cierra un poco más cada día, y es claro que los embates más fuertes aún están por llegar. El enroque de Ruffo podrá modificar la conversación pública en México; lo que no logrará, de ninguna manera, es cambiar el curso de las investigaciones en Estados Unidos. Ni mucho menos de sus prioridades ideológicas globales.

“El régimen cubano, y su extensa red de inteligencia, ha colaborado en la construcción de la extrema izquierda en nuestra nación y nuestro continente”, señaló Marco Rubio en la Cumbre contra el Terrorismo de Izquierda a cuya invitación nuestro gobierno prefirió declinar por las referencias a sus aliados estratégicos. “O cooperamos más allá de nuestras fronteras o los terroristas van a seguir aprovechándose de las brechas entre ellas”. Rubio parece tenerlo muy claro: nuestro gobierno, no tanto.

Los enroques nacionales, por desgracia, no funcionan en el extranjero.