Negación

• El estado de negación se caracterizapor no reconocer una situación difícil.

De acuerdo con especialistas, la negación es un mecanismo de defensa que brinda a las personas tiempo para adaptarse a situaciones preocupantes. Es una forma de protegerse al no aceptar la verdad sobre algo que está pasando en esos momentos. Este mecanismo ha sido usado por el sistema político mexicano durante décadas. Sólo cambian los personajes, pero el uso es el mismo.

Por eso no extraña que el presidente Andrés Manuel López Obrador se encuentre en permanente estado de negación. México suma más de 51 mil muertes por covid-19, y más de 469 mil casos confirmados. Se ha convertido así en el tercer país del mundo —incluso de países con mayor número de habitantes— con más defunciones por la enfermedad, pero para el mandatario se ha aplanado la pandemia, lo que se dice en contra de Hugo López-Gatell es parte de una campaña de desprestigio, no habrá cambio de estrategia para enfrentarla y sus funcionarios y científicos son muy buenos: “no hay en el mundo un equipo así que esté manejando la pandemia”. ¡Qué bueno que no hay otro grupo así controlando al covid-19! porque, si no, sí que sería desastroso para la humanidad.

Pero, además, el estado de negación se caracteriza por no reconocer una situación difícil o minimizar las posibles consecuencias de un problema. Eso explicaría la reacción que el tabasqueño tuvo cuando en la semana se filtró el audio del secretario de Medio Ambiente, Víctor Manuel Toledo, en que no sólo señalaba que “la 4T está llena de contradicciones” y que, incluso, no existe tal transformación, sino que el gobierno tenía luchas de poder al interior del gabinete.

López Obrador señaló que: “en nuestro gabinete hay libertad y discrepancias, no pensamiento único, y se da la libertad para que todos opinen”. Esta conversación privada que salió a los medios dejó entrever lo que ya en sus cartas de renuncia habían manifestado Carlos Urzúa cuando se despidió de Hacienda; Germán Martínez, quien hizo lo propio del IMSS o Javier Jiménez Espriú, en la SCT, sin contar otras dimisiones en puestos de menor nivel. Esas peleas intestinas son presentadas por el mandatario como si fueran juego de niños que no se ponen de acuerdo en quién tiene en primer turno al bat, y no en el reflejo de la falta de control y la imposición de políticas improvisadas.

Creerse el cuento que el país ha llegado a “su punto de inflexión” en materia de seguridad cuando se tiene 3 mil muertos al mes, no va a parar la violencia. Decir que el país tocó fondo y que lo que viene es la recuperación total de la economía, no va a reactivar las finanzas. No es con las purititas ganas, los deseos ardientes o las estampitas “detente” como se resuelven los problemas.

Si bien los sicólogos señalan que en algunos casos una negación inicial puede ser algo positivo, porque brinda tiempo de adaptación a situaciones preocupantes, cuando se lleva por más tiempo puede interferir en la habilidad para enfrentar los desafíos. El gobierno federal lleva ya 19 meses negando la realidad, pero ella sigue ahí, sin desaparecer.

Culpar a los demás, encontrar en cada crítica un complot, considerar que los medios son el enemigo público número 1, hacerse la víctima, justificar las acciones o buscar distractores no es la mejor manera de salir del estado de negación. No es la venta de cachitos de una rifa —que no es tal— del avión presidencial o las revelaciones de Emilio Lozoya lo que va a rescatar al país.

La única manera es superar la negación es aceptar las debilidades, pensar en las posibles consecuencias negativas de no hacer nada y buscar ayuda. El primer paso podría ser dejar de pensar en acabar con los enemigos o adversarios y dedicarse a construir puentes de entendimiento.

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