La vida inteligente fuera de la Tierra sigue sin confirmarse, pero Roberto Zataráin Leal decidió adelantarse a la NASA. Seguramente el diputado local de Morena en Puebla se reunió con su equipo para resolver la eterna pregunta de cómo lograr que hablen de uno, aunque sea mal. “Jefe, ¿y si hacemos un video con inteligencia artificial en el que presente su Segundo Informe Legislativo ante un parlamento galáctico y lo subimos a redes?”. Seguramente quien generó la idea fue elegido empleado del mes. No es broma ni licencia de esta columna. En el video en cuestión hubo nave espacial, criaturas extraterrestres y una asamblea dispuesta a escucharlo. En vista de lo difícil que resulta convencer al electorado terrestre, buscar otro en una galaxia lejana parece una estrategia razonable.
El morenista presumió de cinco iniciativas aprobadas y una asistencia perfecta. El viaje interestelar sirvió, entre otras cosas, para anunciar que había ido a trabajar. Una hazaña que millones de mexicanos realizan a diario sin necesidad de que un reptiliano les extienda reconocimiento. La ventaja del parlamento artificial es que todos los asistentes pueden programarse para prestar atención, nadie interrumpe y ningún alienígena malintencionado pregunta cuánto costó producir el video.
Zataráin Leal ya tenía experiencia extraterrenal. En septiembre de 2025 anunció que devolvería buena parte de los 206 mil 547 pesos que el Congreso de Puebla le había asignado para su primer informe legislativo y que no había utilizado. Sin embargo, eso no sucedió. Cuestionado al respecto, el diputado reconoció que había sido irresponsable por haber prometido la devolución.
El episodio pertenece a una sensación cada vez más concurrida de la política nacional, la llamada cringe, palabra que utilizan las nuevas generaciones para describir la incomodidad y la vergüenza ajena que provoca la conducta de alguien. Ese sentimiento de querer esconderse debajo de la mesa mientras alguien, convencido de que está haciendo historia, hace el ridículo.
No es el único caso absurdo. La competencia está reñida y legisladores federales y locales de todos los partidos se disputan el trofeo. En San Lázaro, durante la discusión de la Ley Federal de Derechos, la diputada de Morena Margarita Corro aportó a la poesía parlamentaria una frase destinada a enriquecer el Diario de los Debates: “Se espantan de las chiquitas, pero se comen las grandotas”. Esto porque, según ella, las diputadas opositoras eran unas hipócritas porque se ofendían por la expresión de su también finísima compañera María Damaris Silva Santiago, quien le pidió a una diputada de oposición que hablara “con más huevos” para poder escucharla.
El club del espectáculo bochornoso suma socios en cada legislatura con el único requisito de dar pena ajena sin remordimiento. Sergio Mayer pidió licencia como diputado para participar en La Casa de los Famosos; otros, como Arturo Ávila y Carlos Eduardo Gutiérrez, confundieron apenas en agosto la Cámara de Diputados con un cuadrilátero. Por supuesto, están los senadores y diputados que han resuelto sus diferencias a empujones y manotazos con la elegancia de una riña callejera.
Con los informes espaciales, los albures y las riñas parlamentarias, la representación popular ha encontrado maneras de alejarse de sus representados, porque algunos legisladores siguen convencidos de que un video con marcianos es comunicación moderna y una grosería en tribuna, cercanía con el pueblo. Después de semejantes exhibiciones, la duda ya no es si hay vida inteligente en otras galaxias, sino por qué cuesta tanto encontrarla en el Poder Legislativo.
