Por Laura Coronado Contreras*
¿Por qué “jugar a la casita” se convirtió en el gran tema de dos de las obras más leídas de este año? ¿Por fin la maternidad es una trama principal? Quizás sí, pero, no por las razones correctas. Yesteryear (Caro Claire Burke) y Strangers (Elle Burden) son, la primera, una novela y el segundo, un libro de memorias que narran, desde ópticas muy distintas la necesidad –cada vez mayor– que tenemos las mujeres de validación, el impacto de las redes sociales y la narrativa sobre “vidas perfectas” que, más que una trampa, son un espejismo.
En sí misma, la maternidad es una bendición, pero, además, una elección y un trabajo de tiempo completo. Y, la forma en la que la vivimos, incluso, con cada hijo es muy distinta. Por esto, el debate a partir de dichas publicaciones ha derivado en que ambos libros serán llevados con actrices –y productoras– tan relevantes como Anne Hathaway y Gwyneth Paltrow a su versión cinematográfica.
Una esposa perfecta que sube contenido de sus cinco hijos y su marido en una granja llamada Antaño y una abogada miembro de la élite de Estados Unidos que decide dedicarse a su familia veraneando en Martha’s Vineyard y viviendo en Nueva York se han convertido en el centro del debate público. No sólo porque retratan a familias privilegiadas, sino que se convierten en la radiografía perfecta de lo que para muchas es una añoranza: el regreso de roles tradicionales o las llamadas tradwifes.
¡La tradición, tradición! ¡Tradición! Gritaba Tevye, el protagonista de una de las puestas más representadas en Broadway. Un personaje que simboliza a una generación que siente que colapsa frente al avance del mundo. Ese pobre lechero en la Rusia zarista señalaba que el respeto del papel de cada miembro de la familia era lo único que mantenía el equilibrio en una comunidad ya que, de lo contrario, la incertidumbre sería igual a ser un violinista en el tejado. Ahora, el grito en las redes parece ser el mismo: todo tiempo pasado fue mejor y, muchas veces, sentimos que el rol que “nos tocó” luce menos que el de otras.
Sin duda, el algoritmo favorece posturas polarizantes. Algo que nos molesta o que nos respalda es altamente compartible, ya sea para reafirmarnos o refutarlo. Sin embargo, la fórmula también fomenta aquello que nos distrae, nos invita a soñar o ver en un escaparate de realidades edulcoradas. Por ello, la “nostalgia” de dedicarse sólo al cuidado se ha convertido en tendencia. Dadas las condiciones económicas y sociales a nivel global, ¿realmente cuántos hogares podrían sostenerse con el salario de sólo uno de sus miembros? ¿Sí nos gustaría hacer la mermelada desde cero y lavar pañales de tela? ¿Queremos la “vida de antes” y las comodidades de ahora?
Esta problemática es realmente lo que motiva a las autoras. ¿Podemos elegir delegar en alguien más nuestros destinos?
Las plataformas son sólo una parte minúscula, ínfima, distante de una pequeña dimensión de nuestras vidas. No se trata de que satanizar a las madres que trabajan o banalizar a las que se ocupan del hogar, el gran avance –en pleno siglo XXI– es la libertad. El derecho de elegir estudiar, trabajar, seguir formándose y/o tener una familia e hijos, educarlos y acompañarlos. En definitiva, de reinventarse, quitar las etiquetas y prejuicios y, especialmente, no permitir que la “estética” de las redes nos invite –u orille– a perder derechos. ¿Qué nos dirían las bisabuelas si, pudiendo ser independientes económicamente, decidiéramos lo contrario?
*Catedrática de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad Anáhuac México
