Las movilizaciones del personal del IMSS no persiguen solamente un aumento salarial, que bien lo merece; son también una reacción a la falta de empatía y compromiso de su líder sindical con la inconformidad del personal médico, de enfermería, de administración y de otros servicios, incitada por las graves carencias con las que ha tenido que afrontar su misión social. El gobierno federal se equivoca rotundamente al evadir las causas de las protestas y, peor aún, atribuirlas a manipulaciones o intereses aviesos. Esa actitud hace recordar a los gobiernos priistas de hace 60 años cuando, confiando en el control que sobre las bases de trabajadores ejercían los sindicatos subordinados al partido oficial, menospreciaban el malestar de muchos trabajadores y su capacidad de defender por sí mismos sus derechos.
Cualquiera que haya estado en los últimos años en un hospital del IMSS puede apreciar el deterioro general que aqueja a la principal institución de salud de México. Yo estuve varias veces acompañando a un hermano hospitalizado repetidamente en Guadalajara. Lo más visible es el mal estado de las instalaciones de los hospitales: paredes, pisos, escaleras y pasillos, todos envejecidos, con muy escaso mantenimiento; los elevadores no funcionan con regularidad, y esa carencia es grave para muchos enfermos. Pero lo peor no reside en las instalaciones físicas, sino en la escasez de medicamentos y de insumos para la atención de enfermos; en la falta de mantenimiento de equipos electrónicos, que hace esperar a los pacientes varios meses para disponer de alguno; también la insuficiencia de médicos y enfermeras y enfermeros, provocada por la arbitraria disminución de personal de honorarios, internos, pasantes y residentes quienes, además, reciben pagos miserables.
Comprensiblemente, los pacientes y sus familiares se irritan, a veces se desesperan y reclaman con furia al personal que los atiende (o que no puede atenderlos). Pero me consta que mujeres y hombres profesionales de la salud se esfuerzan por dar una buena atención a los pacientes, a pesar de esas carencias. Y no son pocos los que a los familiares nos escuchan con empatía y nos explican por qué, objetivamente, no pueden hacer más por nuestros enfermos.
Es cierto que la mayoría de los hospitales públicos de México nunca han sido óptimos. Pero nunca como hoy habían sufrido tal grado de escasez y abandono. Y no lo digo de oídas: muchas veces y por muchos años he sido testigo de ello, sea como paciente o como familiar de enfermos. La decadencia de la salud pública de México en los últimos años es innegable. Se ha transformado para mal. Por lo demás, las causas del desbarajuste de nuestros servicios de salud no son un misterio: se deben, principalmente, a la insuficiencia de recursos públicos destinados a la salud, así como al manejo errático de las instituciones del ramo. Desde 2019 comenzó la disminución real del presupuesto para la salud, no sólo en el IMSS, sino en todo el sector. Luego, con más capricho que diagnóstico y planeación, se canceló el Seguro Popular, se creó el INSABI, que nunca funcionó, y se inventó el IMSS-Bienestar con una confusa administración de competencias y presupuestos. Esto se refleja en la caída de la cantidad de consultas, cirugías, egresos hospitalarios, estudios médicos, vacunas, unidades médicas, población usuaria de los servicios del sector público de salud y un largo etcétera. Donde se han ensañado más los recortes presupuestales es en los institutos de alta especialidad, es decir, en lo mejor que ha tenido México en su historia.
Con una mentalidad estrecha y cicatera, el presidente López Obrador no entendió que tales institutos requieren especialistas de alto nivel bien pagados, y que no solamente atienden enfermedades graves, sino, al hacerlo, realizan investigación científica que después salvará muchas otras vidas.
Desde hace siete años se trastornó gravemente el sistema de distribución de medicamentos, provocando una escasez crónica. Hasta la fecha no ha podido recuperarse el nivel de suministro que había en 2018. Luego vino la pandemia de covid, cuyo manejo irresponsable por el gobierno causó decenas de millares de muertes que podrían haberse evitado. Piénsese, por ejemplo, en el poderoso mensaje que habría sido para millones de personas ver al propio presidente López Obrador utilizar cubrebocas y recomendar su uso. Pero hizo lo contrario. También se expuso a miles de médicos a contagios letales por falta de prendas de protección.
Todos esos males se han acumulado en el IMSS y en todo el sector de salud pública. El gobierno, en vez de subestimar las protestas de los trabajadores de la salud, debería sorprenderse de que no hayan irrumpido antes. En vez de regatear la cantidad de manifestantes con argucias propagandísticas, debería cambiar las prioridades del gasto público, colocando en el primer sitio a la salud de la población. Y debería entender que, con sus reclamos, los médicos y empleados del IMSS no sólo defienden sus intereses legítimos, sino el derecho a la salud de todos los mexicanos.
