¿Quién invierte en la inteligencia humana?

 

Por Elizabeth Palacios*

En 2026, las empresas y los gobiernos gastarán alrededor de 2.7 billones de dólares en inteligencia artificial, según datos de la firma consultora Gartner. La cifra incluye infraestructura, software, servicios y otras categorías, pero deja fuera una pregunta que pocos nos hacemos: ¿cuánto estamos invirtiendo en las personas que tendrán que usar, evaluar y cuestionar esas herramientas?

Este cuestionamiento me llevó a recordar unas reuniones a las que comencé a asistir en 2016, cuando me sumé como voluntaria a la comunidad de Makesense. El planteamiento de esta comunidad era el siguiente: un emprendedor llegaba con un problema real de su negocio y, alrededor, personas de distintas profesiones y contextos dedicábamos dos horas o más de nuestro tiempo a escucharlo y pensar con él para salir con alguna propuesta viable de solución. 

Así descubrí el design thinking y, sobre todo, el valor de encontrarse con puntos de vista que difícilmente habríamos hallado en nuestros círculos habituales para convertir esto en materia prima de algo mucho más valioso: la inteligencia colectiva. Hoy recuerdo esas reuniones y pienso en su requisito más elemental: las personas que participábamos teníamos tiempo para estar ahí. Antes de cualquier metodología, había un espacio para escuchar, preguntar y explorar posibilidades con otros. ¿Quién puede reservarlo hoy sin sacrificar descanso, ingresos o alguna responsabilidad de cuidado?

Y no sólo eso, también vale la pena preguntarnos: ¿quién está mirando a la inteligencia humana con un entusiasmo presupuestal siquiera parecido al que tiene la IA? Es fácil decir que debemos cultivar nuestras habilidades más humanas para sobrevivir a la IA, pero si consideramos indispensables la creatividad, la comprensión y el pensamiento crítico, ¿qué y cuánto estamos dispuestos a invertir para cultivarlos? 

Según la medición del Consejo de Evaluación de la Ciudad de México, 57% de la población de la CDMX en 2024 tenía escasez de tiempo libre, una de las dimensiones que incorpora su Método de Medición Integrada de la Pobreza. Esto significa que más de la mitad de los habitantes de la capital viven la pobreza de tiempo, algo que tiene relación directa con las oportunidades de formación y participación social, como explica un análisis del Centro de Investigación Económica y Presupuestaria publicado en marzo de 2026. 

Cuando el empleo, los traslados, el trabajo doméstico y los cuidados absorben de manera persistente el tiempo disponible, ¿cómo nos atrevemos a recomendar que las personas sean más creativas, conversen y sigan aprendiendo? Y aquí estoy yo, tecleando esta columna en mi teléfono mientras acompaño a mi hijo a la peluquería, porque tampoco encontré un espacio en la agenda para hacerlo. Hasta esta columna salió a buscar un hueco.

Ante ese límite, la pregunta obligada es ¿qué condiciones necesitamos para que la expansión de la IA se traduzca realmente en desarrollo humano para todas las personas? Desde la comunicación, mi apuesta es cultivar nuestra capacidad de escuchar experiencias distintas, explicar lo que pensamos y contrastar nuestras interpretaciones, con la intención de crear algo juntos. Me gusta pensar que podemos recuperar comunidades de aprendizaje y práctica, pero eso requiere continuidad y, por lo tanto, también una decisión sobre el valor del tiempo que se necesita invertir para lograrlo.

Ahí está la prioridad que me interesa cuestionar. Si pedimos criterio para evaluar respuestas de IA, deberíamos ofrecer oportunidades para construirlo y ejercitarlo; si esperamos creatividad, tendríamos que reservar espacios para explorar. De otro modo, que tu empresa diga “queremos tus ideas” termina significando: “si puedes, tráelas ya resueltas y fuera de horario”. Además, ¿cuánta creatividad esperamos de alguien que no tiene permiso para equivocarse? 

Las empresas deberían destinar tiempo remunerado al aprendizaje y la experimentación; las escuelas, abrir espacios para preguntar y construir con otros; las instituciones públicas, invertir en cuidados y servicios que amplíen la posibilidad de participar para todas las personas. Son decisiones que propongo discutir como parte del desarrollo de nuestras capacidades humanas. Me gustaría que recuperáramos encuentros con una intención creativa concreta: comprender un problema, conectar conocimientos, ensayar una solución. Soltar el teléfono inteligente para atender nuestra propia inteligencia puede abrir espacio para esa conversación. Mientras los grandes fondos globales invierten sumas astronómicas para expandir los alcances de los algoritmos, la pregunta de fondo sigue abierta: ¿quién va a poner en el presupuesto a la inteligencia orgánica, y a la humana en particular?

*Consultora experta en Comunicación Estratégica e Impacto Socioambiental