A trapazo limpio
A China hay que pellizcarla, no soltarle un puñetazo. Desde que Donald Trump volvió a la Casa Blanca, la política exterior de Estados Unidos parece haberse reducido a una sola estrategia: el trapazo. Todo indica que, a su juicio, nada dice más de la “grandeza ...
A China hay que pellizcarla, no soltarle un puñetazo.
Desde que Donald Trump volvió a la Casa Blanca, la política exterior de Estados Unidos parece haberse reducido a una sola estrategia: el trapazo. Todo indica que, a su juicio, nada dice más de la “grandeza americana” como la amenaza con aranceles, sanciones y castigos a diestra y siniestra. En Washington ya no se firman tratados, se lanzan advertencias; no se negocian acuerdos, se establecen ultimátums. La diplomacia quedó relegada a un rincón polvoriento, mientras el presidente decide quién será el siguiente en su lista de represalias.
Ayer, Canadá, México y China han sido los “felices” ganadores del último sorteo de castigos comerciales, con aranceles del 25% para los dos primeros y del 10% para el gigante asiático (porque seguramente Trump sabe que a China hay que pellizcarla, no soltarle un puñetazo).
En el documento en el que se oficializó la imposición de aranceles, la Casa Blanca maltrató al gobierno mexicano señalando que éste tiene una alianza intolerable con los cárteles y que le ha proporcionado refugios seguros para que se dediquen a la fabricación y transporte de drogas.
La presidenta Claudia Sheinbaum había pedido serenidad y paciencia, había señalado que no tenía preocupación porque la economía de México estaba muy fuerte, muy sólida, bendecida por el pueblo. Que esa seguridad no viniera de información privilegiada de su gabinete, sino de una fe ciega en el equilibrio cósmico sí es de preocuparse.
Al cierre de esta columna, el gobierno mexicano no había reaccionado, así que mientras se develan los misteriosos planes A, B y C que la presidenta señaló tener, los empresarios sacan la calculadora, los mercados se ponen nerviosos y el peso mexicano entra en su tradicional ejercicio de saltos acrobáticos. Lo que es un hecho es que el margen de maniobra de Sheinbaum se ha ido estrechando: ser demasiado complaciente puede costarle credibilidad política, pero resistirse abiertamente puede traer consecuencias económicas nada agradables.
En esta política de trapazo limpio, México, Canadá y China no han sido los únicos. El fin de semana anterior, uno de los primeros en sentir el rigor de la toalla húmeda fue Gustavo Petro, el presidente de Colombia. A Trump nunca le ha caído en gracia eso de que un país sudamericano tenga ideas propias sobre política migración o seguridad/tráfico de drogas. Así que, sin mucho preámbulo, después de que el gobierno del país del café y el vallenato se negará a aceptar dos aviones repletos de migrantes, el republicano lo puso en su lista de “países que le faltan el respeto a Estados Unidos”. Aquí la estrategia del trapazo mostró su efectividad: tras una bravuconada inicial, Petro no tuvo más remedio que agachar la cabeza y aceptar las condiciones. Como quien dice, mucho discurso sobre soberanía, pero cuando el golpe económico se asoma, toca recoger los juguetes y jugar bajo las reglas del de arriba.
El estadunidense también firmó una orden ejecutiva para habilitar en la Base Naval de Guantánamo un centro de detención para inmigrantes considerados “delincuentes de alta prioridad”, porque, claro, si hay algo que históricamente ha funcionado bien entre Washington y La Habana es la cooperación en temas humanitarios.
En un mundo donde los acuerdos multilaterales deberían ser la norma, Trump ha decidido que lo suyo es el castigo unilateral. Su política exterior es como una tormenta tropical: destructiva, impredecible y con la promesa de que volverá con más fuerza; para combatirla se requiere más que un paraguas, se necesita una estrategia de contención, un búnker o un refugio a prueba de filtraciones. Tal vez sea el momento de que los países armen la alianza TUCT (Todos Unidos Contra Trump).
