Si bien la ONU reconoce sólo 195 países, contando dos Estados observadores (la Santa Sede y Palestina); la FIFA considera 211 federaciones miembro, porque admite asociaciones de futbol de territorios que forman parte de Estados soberanos como, por ejemplo: Inglaterra, Escocia, Gales, Irlanda del Norte, Hong Kong o Puerto Rico. En la clasificación para el Mundial 2026, compitieron 206 países. Sólo se excluyó a Rusia, por estar suspendida debido a la invasión de Ucrania, Eritrea se retiró voluntariamente del proceso y los anfitriones obtienen su clasificación automática. Ya en la justa estarán representadas prácticamente la totalidad de las ocho civilizaciones que se considera que existen: 18 selecciones de la occidental, diez tanto de la latinoamericana como de la islámica, seis de la africana, una de la ortodoxa (Bosnia y Herzegovina), dos de la confuciana, y la japonesa, considerada una civilización completa en sí misma, siendo la hindú la única que no estará claramente representada por alguna selección. Es por esto que el Mundial se considera, propiamente hablando, un torneo planetario y el más importante.
Pero también es cierto que a nivel global estamos cursando conflictos armados y geopolíticos, como la guerra ruso-ucraniana, la de Israel y Hamás en Gaza, y la de Estados Unidos contra Irán; que atravesamos por una severa crisis climática y ambiental; que a nivel local vivimos situaciones dramáticas que no pueden dejarnos indiferentes y que, de hecho, han llevado a que se convoque una megamarcha para este jueves con el objetivo de llegar hasta la entrada principal del estadio en donde se celebrará el partido inaugural de México contra Sudáfrica para dar visibilidad a madres buscadoras, maestros y trabajadores de la educación, transportistas, personal del sector salud, campesinos y pensionados. También es verdad que la FIFA comenzó a actuar como poseída por el Tartufo de Molière cuando le otorgó el contradictorio primer Premio de la Paz al presidente estadunidense, y que, con el aumento de 32 a 48 selecciones, su sistema de precios variables, la búsqueda de mayores ingresos por derechos de transmisión y el haber dividido las sedes para maximizar los paquetes de hospitalidad actuó con más avaricia que Shylock, el célebre personaje de El Mercader de Venecia, que a su lado parecería un alma generosa. Pero, a pesar de los pesares, el Mundial será un necesario paréntesis dentro del crudo contexto actual, un bálsamo que por algún tiempo (39 días –será el más largo–) nos podría devolver la esperanza en la humanidad.
Yo, sin olvidarme de todo lo demás, deliberadamente pienso ilusionarme. Estoy convencido de que se equivocan las casas de apuestas que piensan que España ganará la final contra Brasil, también erra la supercomputadora Opta al pronosticar que La Furia conseguirá la copa contra Francia, igual que falla el modelo estadístico de Goldman Sachs que prevé que La Roja se corone en una final contra Argentina. No. Lo que ocurrirá es que se fraguará el milagro: tras pasar como segundo del Grupo A, El Tricolor vencerá a Canadá, primero, y a Escocia, después, para repetir la gesta de Rusia 2018 contra Alemania y así enfrentar al actual campeón en la final… Así que, el domingo 19 de julio, pasadas las 15:00 horas, yo estaré cobijado por un jorongo negro con un Calendario Azteca grabado en plata, fundido en un abrazo colectivo, brincando a los pies del Ángel de la Independencia, ya afónico.
ADIVINO
El reconocido matemático alemán Joachim Klement desarrolló una metodología estadístico-socioeconómica con la cual ha pronosticado correctamente los campeones de los últimos tres mundiales. Esta vez vaticina que Países Bajos ganará la final a Portugal, España quedará tercera e Inglaterra, cuarta.
