Loros estocásticos

Silvano Espíndola

Silvano Espíndola

Ornitorrinco

Con tanta nueva información sobre IA surgiendo diariamente, conviene reflexionar sobre el significado original de lo que es la inteligencia. La palabra inteligencia proviene del latín intelligentia, que se compone del prefijo inter, o sea, “entre”; del verbo legere, que significa tanto “escoger” como “leer”; y de los sufijos nt, agente, e ia, cualidad. En resumen, indica la cualidad del que sabe escoger la mejor de entre varias opciones y “leer entre líneas” para descubrir lo que no es evidente.

La primera ciencia en la que se desarrolló una taxonomía de la inteligencia fue la psicología. Edward Lee Thorndike (1920) clasificó la inteligencia en tres tipos según el material sobre el que opera la mente. Comenzó por la inteligencia abstracta, la cual definió como la aptitud de entender y manejar ideas y símbolos: palabras, números, fórmulas, leyes y principios científicos (es la que miden los tests tradicionales). A la segunda la llamó Mecánica o Concreta, la cual es la capacidad de entender y manejar objetos físicos y mecanismos: herramientas, máquinas, dispositivos. A la última la nombró inteligencia social, que consiste en la facultad de entender a las personas, manejar las relaciones y actuar sabiamente en las interacciones humanas. 

A la clasificación de Thorndike le siguieron varias categorizaciones de la inteligencia humana según sus componentes, pero hay una particularmente esclarecedora: la inteligencia emocional. El modelo de inteligencia emocional popularizado por Daniel Goleman (1995) distingue cinco competencias: autoconciencia o entender lo que se siente; autorregulación, que es saber manejar y corregir los estados de ánimo; motivación, que significa poder canalizar las emociones hacia metas; empatía o reconocimiento de las emociones ajenas; y, por último, habilidades sociales para gestionar favorablemente las relaciones. Dos estudios realizados en China (Kong et al., 2019, y Liu  et al., 2023) descubrieron que la inteligencia emocional se relaciona positivamente con la felicidad.

Todo lo anterior sugiere que ser inteligente implica leer “entre líneas”, tomar las mejores decisiones entre varias opciones, y en todo esto parece ser que las emociones juegan un papel preponderante. Esta última idea se ilustra con el caso de Tammy Myers, una ingeniera estadunidense que sufrió un accidente de moto que le provocó una lesión que hace que su cerebro ya no sepa leer las señales de su cuerpo. Ante una disyuntiva, su corazón no se acelera, no se alteran sus hormonas ni se activan sus glándulas sudoríparas ni las papilas gustativas, etcétera. En consecuencia, Tammy conserva intacta su capacidad lógica, pero no puede transformar sus sensaciones físicas en emociones; puede describir y enumerar todos los pros y contras de cualquier decisión que enfrenta, pero es incapaz de tomar una decisión, le falta intención. Esto nos permite sospechar que, sin el deseo de alcanzar la felicidad y sin emociones que señalen el camino hacia ella, no se puede hablar propiamente de inteligencia. 

A esta sospecha sobre el papel de las emociones se suma otra relativa a la comprensión del lenguaje: lingüistas e investigadoras como Emily M. Bender han comparado a los grandes modelos de lenguaje con un loro que repite palabras de forma aleatoria (estocástica) y combinada, prediciendo la siguiente palabra más probable a partir de estadísticas, sin entender lo que dice, y filósofas como Adela Cortina han subrayado que, aunque lo simule, una máquina carece de intencionalidad y sin ésta, no hay inteligencia, estrictamente hablando.

RECTIFICACIONES

Las siguientes afirmaciones pertenecen al filósofo alemán Markus Gabriel: “Quien piensa, sabe que no existe una inteligencia artificial real” (2018); “La inteligencia artificial ha comenzado a leer entre líneas” (2025); “Así como ya no tenemos ninguna oportunidad en el ajedrez, a mi juicio tampoco la tenemos en inteligencia emocional” (2026).