El pensador francés Tzvetan Todorov nació en 1939 en Sofía, Bulgaria, se instaló en París en 1963 y se nacionalizó francés en 1973. Haber vivido una década como inmigrante le permitió desarrollar profundas y esclarecedoras críticas al malinchismo y chauvinismo, a la xenofobia y la xenofilia, y, en una palabra, a toda discriminación, incluyendo la “positiva”. Él contaba que, durante su juventud, notaba que entre sus connacionales se veneraba lo extranjero: desde las personas, literatura y artes, hasta los productos en los supermercados. A esta actitud se le conoce como malinchista. El término nace del nombre de Malintzin, la mujer que, según narraciones históricas, fue entregada como esclava a Hernán Cortés y que posteriormente actuó como intérprete, consejera y pieza clave en las alianzas contra los mexicas. Con el tiempo, pasó a nombrar la actitud “traidora” de preferir lo extranjero. Es muy importante destacar que Todorov hace notar que no es que no se pueda preferir una cosa extranjera sobre otra nacional y viceversa, lo que critica es que se haga por motivos gratuitos: para un consumidor japonés, por ejemplo, el tequila mexicano, el prosciutto italiano, el jamón ibérico español o el café colombiano, pueden ser muy apreciados por su calidad cuidada y probada, pero no simplemente por ser extranjeros. Al error contrario, pero que es una equivocación igual de grave, se le llama: chauvinismo. Este término designa la creencia ciega de que todo lo nacional es superior a lo extranjero. La palabra viene de apellido de un soldado francés, Nicolas Chauvin, quien, según se cuenta, fue tan entusiasta y acrítico de las causas napoleónicas que pasó del patriotismo al patrioterismo exacerbado, hasta convertirse en leyenda. Nuevamente, esto no quiere decir que no se pueda llegar a preferir lo nacional sobre lo extranjero, siempre y cuando se haga por las razones correctas. Por ejemplo, no tendría nada de malo que un avezado consumidor nipón prefiriera el whisky japonés Yamazaki Single 2013 por sobre cualquier otro escocés, ya que en su momento fue designado como el “Mejor whisky del mundo”.
El Mundial se acabó, pero nos dejó algunas revelaciones. Yo elijo destacar la del sincretismo étnico-cultural. En este certamen, 289 seleccionados defendieron colores que no eran de su tierra o patria (del latín patrius, entendida como la tierra de los padres), sino de su nación (grupo humano al que se pertenece por nacimiento o por elección). También fue obvia la superación de uniformidad fenotípica en los combinados nacionales, o sea que, cada vez es más evidente que los arquetipos de las diferentes nacionalidades se están desvaneciendo o, mejor dicho, difuminando. En este mismo sentido, varios reportajes destacaron que la gran mayoría de los equipos de todos los continentes integraron a jugadores afrodescendientes, señalando que, de hecho, la única excepción fue la del seleccionado argentino. Si se piensa, era lógico y deseable que la especie humana tendiera a sintetizarse; lógico, porque la tecnología nos ha facilitado el acercamiento físico y cultural, y deseable, porque ya ha quedado bien establecido que la diversificación genética (mestizaje) aumenta la variabilidad biológica, incrementando la capacidad de adaptación, principio central de la teoría evolutiva. Ahora bien, considerando lo antedicho, resultaría que, otorgar preeminencia a un grupo humano por su anterioridad histórica en un territorio podría ser arbitrario, y hacerlo por su continuidad genealógica y cultural, un despropósito.
PAREMIOLOGÍA
Se suele atribuir erróneamente a Octavio Paz la frase: “Los argentinos descienden de los barcos”. En realidad, pertenece a un viejo chiste que ha sido recordado por autores como Carlos Fuentes (2000); recreado por músicos, como Litto Nebbia (1982) y parafraseado por políticos, como el expresidente argentino Alberto Fernández (2021).
