A lo largo de la historia de la humanidad, cuando los regímenes totalitarios han pretendido someter o asimilar a una nación soberana, sus armas jamás se han limitado a los objetivos militares o las defensas estratégicas en el frente. Invariablemente, con un método calculado y siniestro, sus fuegos han apuntado contra las páginas de los libros y la memoria impresa. Resuena con una vigencia desgarradora la advertencia profética que el poeta Heinrich Heine legara a la conciencia universal: “Donde se queman libros, se acaba quemando también a personas”.
En este Café de Kyiv, quiero invitarlos a reflexionar sobre una de las facetas más crueles, sistemáticas e ignoradas de la agresión que la Federación de Rusia perpetra contra Ucrania: el intento deliberado de aniquilar nuestra identidad mediante el bombardeo de la industria editorial y la quema de millones de volúmenes de nuestro patrimonio literario.
Las dimensiones de este agravio cultural son devastadoras. En los últimos meses, los ataques sistemáticos con misiles, bombas guiadas y drones rusos han destruido o reducido a cenizas más de diez millones de libros en territorio ucraniano. Lejos de constituir incidentes fortuitos o daños colaterales, se trata de una estrategia premeditada contra los centros neurálgicos de la palabra escrita. Los ataques han golpeado con saña a la heroica ciudad de Kharkiv —histórica capital de la tipografía y el diseño editorial ucraniano— y a centros logísticos en la región de Kyiv. El mundo presenció con indignación el ataque con misiles contra el complejo tipográfico Factor-Druk, una de las imprentas más modernas de Europa, donde no sólo se consumieron decenas de miles de publicaciones, sino que también fueron asesinados impresores y trabajadores gráficos en pleno ejercicio pacífico de su labor. De igual forma, los almacenes de editoriales de referencia como Ranok y Vivat han sido reducidos a escombros, calcinando en cuestión de minutos tirajes enteros de literatura infantil, libros de texto escolar preparados para el inicio del ciclo lectivo y grandes obras del pensamiento universal traducidas al ucraniano.
Ante este panorama, la voz de las instituciones culturales ucranianas ha sido contundente. Voceros del Ministerio de Cultura de Ucrania han denunciado formalmente que las fuerzas de ocupación rusas atacan de manera deliberada y quirúrgica los almacenes de los editores y las cadenas de distribución con un propósito nítido: paralizar la circulación del saber y estrangular financieramente a las casas editoriales independientes. Sin embargo, frente a la pretensión de crear un apagón cultural forzado, la respuesta del Estado y de la sociedad ha sido inmediata y categórica. El gobierno ucraniano ha puesto en marcha programas extraordinarios de apoyo y subsidios directos a la industria del libro, diseñados para financiar la reimpresión urgente de los volúmenes destruidos, reconstruir la infraestructura gráfica dañada y garantizar que la literatura siga llegando a cada aula, biblioteca pública y hogar del país.
Quemar libros es la manifestación más descarnada y cobarde del colonialismo cultural. Al incendiar imprentas y pulverizar bodegas, el agresor busca arrebatarle a la niñez y juventud ucranianas el derecho inalienable a aprender, soñar y crear en su lengua materna. Pretenden amputar de raíz la continuidad de la memoria histórica para imponer el silencio o sustituirlo por el dogma imperialista. Se trata de un crimen de lesa cultura, una flagrante violación a las convenciones internacionales que salvaguardan los bienes culturales en tiempos de conflictos bélicos y una afrenta directa a la civilización entera.
México, una nación con una colosal tradición literaria, cuna de premios Nobel, de colosos del pensamiento como Sor Juana Inés de la Cruz, Octavio Paz o Rosario Castellanos, y anfitriona de la Feria Internacional del Libro más relevante del orbe hispanohablante, comprende con lucidez sagrada el valor de la página impresa. El pueblo mexicano sabe bien que los libros no son simples mercancías de papel y tinta; son el recinto donde respira el alma de un pueblo, el lazo invisible que une a las generaciones y el escudo más sólido contra el autoritarismo y la barbarie. Por ello, la comunidad lectora, académica e intelectual mexicana no puede permanecer indiferente ante el humo negro que emana de diez millones de libros calcinados por la intolerancia bélica.
Pese a la magnitud de las pérdidas, el espíritu del libro en Ucrania se niega a rendirse. En medio de los apagones y al cobijo de refugios subterráneos, las prensas continúan operando con generadores de emergencia, los traductores concluyen sus versiones bajo la luz de linternas y los autores debaten sus textos en festivales literarios que registran llenos totales en Kyiv y Lviv. Hoy los ucranianos leen y adquieren más libros que nunca, porque cada página que se abre en nuestra lengua es un acto de soberanía civil y un triunfo luminoso sobre el oscurantismo.
Al cerrar este espacio, es imperativo rendir un homenaje solemne a los impresores que ofrendaron su vida en los talleres gráficos, reconocer el valor de los editores que persisten en la faena de reconstruir sus catálogos entre las cenizas y agradecer a las editoriales e instituciones internacionales que han tendido puentes de solidaridad con el sector editorial ucraniano.
Los misiles pueden arrasar edificios y despedazar el papel, pero jamás tendrán el poder de incinerar la memoria, la imaginación ni la vocación irrenunciable de libertad de un pueblo que lee, escribe y resiste.
*Embajador de Ucrania en México
