En la historia de las naciones, hay fechas que no sólo pertenecen al pasado, sino que actúan como advertencias para el presente y el futuro. El 18 de mayo, Ucrania conmemora el Día del Recuerdo de las Víctimas del Genocidio del Pueblo Tártaro de Crimea, una de las páginas más trágicas de la historia moderna. En este Café de Kyiv, quiero invitarles a mirar hacia nuestra península, el hogar de un pueblo indígena que ha hecho de la memoria su forma más alta de resistencia.
Fue precisamente el 18 de mayo de 1944 cuando el régimen estalinista inició la deportación masiva de los tártaros de Crimea de su patria histórica. Este crimen, que por su naturaleza y consecuencias se ajusta a la definición internacional de genocidio, fue un intento deliberado de destruir a la comunidad tártara de Crimea como pueblo originario, borrando su presencia del mapa y erradicando su cultura, lengua y tradiciones. En apenas tres días, miles de familias fueron arrancadas de sus hogares; casi la mitad de la población pereció en el camino o en el exilio forzado.
El genocidio de 1944 también se hizo evidente en las acciones del régimen soviético encaminadas a borrar la memoria de los tártaros de Crimea de la historia de la península de Crimea: se revisó la historia de Crimea, se introdujeron narrativas imperiales rusas sobre la Crimea “eternamente rusa” y se difundieron mitos de forma deliberada y masiva en el contexto de “pueblo traidor”. Se trajeron colonos de las exrepúblicas soviéticas a Crimea, quienes se asentaron deliberadamente en las casas de los tártaros de Crimea.
El régimen represivo soviético cambió y distorsionó por completo la toponimia de Crimea, en particular, los nombres de asentamientos y calles de origen tártaro de Crimea fueron sustituidos por nombres rusos. La política del régimen totalitario soviético contra los tártaros de Crimea se convirtió de hecho en una continuación de las tradiciones del Imperio Ruso de colonizar el territorio de la península de Crimea, que tras la anexión de Crimea en el siglo XVIII llevó a cabo el desalojo de los tártaros de Crimea, restringiendo sus derechos y libertades.
Sin embargo, a pesar de las pérdidas extraordinarias, la violencia y las décadas de destierro, los tártaros de Crimea nunca abandonaron la lucha por el derecho a vivir en su tierra. Tras el colapso soviético, lograron regresar, pero hoy la historia repite sus ecos más oscuros. La actual ocupación temporal rusa de Crimea reproduce, en muchos aspectos, la política represiva de la era soviética dirigida contra el pueblo tártaro de Crimea.
Para canalizar la solidaridad internacional, Ucrania ha impulsado la Plataforma de Crimea, un mecanismo diplomático para exigir la desocupación, la liberación de los presos políticos y la protección de los derechos humanos. Para México, un país que valora profundamente sus raíces indígenas y la pluralidad de su identidad, este llamado a la justicia debe resonar con fuerza. La descolonización y desocupación de nuestra península es un paso fundamental para restaurar la dignidad que el imperialismo intentó arrebatar.
Comprender la magnitud de la tragedia de 1944 es esencial para entender las causas y consecuencias de la agresión actual. Al igual que el Benemérito Benito Juárez enseñó que el respeto al derecho ajeno es la paz, los ucranianos afirmamos que no habrá paz duradera mientras un pueblo indígena sea perseguido en su propia casa.
Al cerrar este Café, recordamos que Crimea es Ucrania. Honrar su pasado y exigir justicia frente a la represión actual es la única forma de asegurar un futuro donde ninguna nación y ningún pueblo vuelva a ser expulsado de su propia tierra.
*Embajador de Ucrania en México
