Una pregunta inquietante

No deja de sorprender la cantidad de jóvenes presentes en la Jornada Mundial de la Juventud en Lisboa estos últimos días: una reunión que inauguró Juan Pablo II en los años 80 y se ha realizado cada dos o tres años desde entonces. Se trata del evento de jóvenes más ...

No deja de sorprender la cantidad de jóvenes presentes en la Jornada Mundial de la Juventud en Lisboa estos últimos días: una reunión que inauguró Juan Pablo II en los años 80 y se ha realizado cada dos o tres años desde entonces. Se trata del evento de jóvenes más grande del mundo, con multitud de países, banderas, identidades y proyectos. Un millón de asistentes han convivido intensamente en torno al papa Francisco, han reflexionado, cantado y gritado, han llenado de colores una vez más una de las grandes capitales del mundo.

A pesar del éxito reiterado, no deja de haber una pregunta inquietante: ¿qué lleva a personas tan distintas a escuchar a una persona de 86 años que habla sobre un mensaje espiritual y ético? Si lleváramos esto a una reunión de expertos en marketing, seguramente se diría que es imposible, aburrido o fuera de todo interés. Eso fue lo que le dijeron a Juan Pablo II hace casi 40 años y es lo que se seguiría diciendo hoy. Sin embargo, evento tras evento, vemos a esa marea de jóvenes. Los mismos que conviven con nosotros en el campus, que nos desafían desde sus valores y que nos preocupan, a veces, con sus inseguridades.

La JMJ también pone sobre la mesa una pregunta sobre la vigencia de la Iglesia católica. A pesar de los escándalos, a pesar de que algunos la presentan como una institución anticuada, en la JMJ se ve el rostro joven de la Iglesia, con una vitalidad que para muchos puede ser desconcertante. Todo este fenómeno nos invita a preguntarnos por el rol de la fe y las creencias religiosas en la sociedad actual, como no pocos académicos y pensadores contemporáneos de distintas creencias lo están haciendo.

Un caso muy particular es el de los hermanos Hitchens en Gran Bretaña. Tan religioso uno como antirreligioso el otro. Christopher se destacó como miembro activo del nuevo ateísmo, mientras que Peter es un reportero anglicano, de profundas convicciones religiosas. Peter se declaraba originalmente marxista y sufrió difíciles vivencias en la antigua URSS. Un día reflexionaba sobre qué sería aquello que había generado el tremendo desastre ético y la corrupción moral en el sistema soviético. Según su opinión, si existe un marcado objetivo de destruir la religión, si se quita a Dios por completo y la moral es relativa, la vida social se degrada en la ley del más fuerte, en la que los pobres, los vulnerables y los desamparados no tienen ninguna instancia desde la que defenderse. Nos podemos imaginar ahora los debates con su hermano ateo…

Y en estos debates, el Papa emerge como un representante de esos desamparados, pobres y vulnerables. Como una voz ética en un mundo de luchas en el que los más fuertes buscan prevalecer a toda costa. Pero no lo hace sólo desde una institución históricamente importante, sino desde su fe, que no es una fe individual, sino comunitaria. El millón de jóvenes que caminó por las calles de Lisboa representa esa comunidad. El Papa por sí mismo no se entiende. El Papa es quien es porque conecta su fe en Jesucristo con el millón de jóvenes, y con ellos los 1,200 millones de católicos y los más de 2 mil millones de cristianos de hoy y de siempre. Un buen papa es quien realmente se asume como un simple administrador de un tesoro y un impulsor de un mensaje que le trasciende.

En estos 10 años de pontificado, Francisco, además del evidente énfasis en la centralidad de Cristo, ha puesto el acento en algunos aspectos muy particulares, como otros papas lo han hecho en relación con otros. En su caso, el zoom ha estado centrado en la justicia social, cuidar el planeta, ayudar a los marginados, denunciar la violencia, alertar ante las guerras y enfatizar que en la Iglesia hay lugar para todos. Todo lo anterior también es católico, como en el pasado lo eran aquellos acentos en el diálogo fe y razón de Benedicto XVI o en la teología del cuerpo de Juan Pablo II.

En tiempos en que el horizonte ético e intelectual se llena de preguntas, atravesado por los desafíos del individualismo, la polarización, el contraste entre sectores privilegiados y enormes grupos de personas excluidas de los beneficios materiales y espirituales de la modernidad, el Papa y la JMJ nos invitan a volver a poner a Dios y la fe en el horizonte de nuestras preguntas, como académicos y como sociedad.

Nos invita también a la comprensión y la coherencia. Recuerdo cuando un periodista astuto se le acercó a la madre Teresa de Calcuta y le preguntó: “¿Qué está fallando actualmente en la Iglesia”? Ella sencillamente le contestó: “Usted y yo”. En la misma línea de la santa de Calcuta, en alguna ocasión un hombre entró a la casa de sus moribundos sin decir palabra. Caminó entre las filas de camas y al salir le comentó a una hermana que él no creía en Dios, pero que sólo Dios podía dar un amor y alegría tan grandes a las hermanas en un entorno tan difícil.

El millón de jóvenes en Lisboa, o los equivalentes en jornadas anteriores, pueden sentirse más o menos atraídos por uno u otro papa pero, sobre todo, se están haciendo preguntas importantes en sus vidas y buscan un mensaje de esperanza, redención y salvación que creen encontrar en un Cristo que no sólo es histórico, sino que realmente es Dios y que, además, ve con buenos ojos a una Iglesia que es capaz de custodiar la fe y la gracia. Quizá esto es lo que siga llamando la atención y atrayendo a tanta gente a una propuesta espiritual exigente. Quizá mirarnos en el espejo de esos jóvenes y abrirnos a sus preguntas puede ser un primer paso hacia una mayor comprensión y una más inspiradora coherencia.

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