Un trozo de cielo azul
Asistí a una reunión de rectores de universidades de la Ciudad de México en la que nos preguntaron cuáles son los principales retos en el arranque de este nuevo ciclo académico. La mayoría de los asistentes apuntaron al estado emocional de los alumnos, su salud mental ...
Asistí a una reunión de rectores —de universidades de la Ciudad de México— en la que nos preguntaron cuáles son los principales retos en el arranque de este nuevo ciclo académico. La mayoría de los asistentes apuntaron al estado emocional de los alumnos, su salud mental y la falta de perspectivas con las que afrontan el futuro.
Coincidentemente, hace una semana participé también en la inauguración del curso escolar de preparatorias. Me encantó el mensaje de la directora, quien expresó una urgente necesidad de formar en la esperanza, al grado que esto constituía su objetivo primordial para este inicio de clases. “Un trozo de cielo azul” para sus alumnos, pensaba al escucharla, recordando aquella memorable cita de Proust.
“Los adolescentes..., apuntaba con elocuencia la directora de la preparatoria, reciben noticias fatales a través de todas las pantallas que utilizan: la humanidad carece de agua, es violenta por razones de género, raza y religión, los narcóticos están disfrazados de diversión, abunda la miseria en las calles, contamos con pocas oportunidades laborales, hay inestabilidad política, crisis económica y un largo etcétera”. No es casualidad que el estado emocional se vea afectado.
Ciertamente, no es nueva la preocupación por la situación emocional de los jóvenes, y que ello constituye uno de los mayores retos actuales, especialmente a partir de la reciente pandemia. Sin embargo, no deja de llamar la atención que el problema prevalezca con tal protagonismo, al tiempo que resulta esperanzador que los líderes educativos lo tengan diagnosticado e intenten implementar acciones para atenderlo.
La crisis emocional actual no es sólo consecuencia de la reciente crisis mundial de salud y el confinamiento derivado. Me parece que está vinculada también al individualismo, al narcisismo, a la auto referencialidad, a la crisis familiar, al desprecio de los valores, a la obsesión por anular lo trascendente, a la falta de respeto al medio ambiente y al ser humano. La crisis afectiva tiene raíces en la utopía relativista de libertad sin verdad, en el pesimismo cultural que nos rodea y en el nihilismo intelectual.
Hay razones objetivas para pensar que el futuro presenta dificultades. Es cierto. Sin embargo, es necesario advertir la existencia de numerosos amplificadores sociales que proyectan con mucha mayor intensidad lo negativo que lo positivo. Propagación en la que somos copartícipes periodistas, políticos, empresarios, intelectuales, educadores, vecinos, padres de familia. Objetivamente, la realidad presenta muchas cosas positivas que también merecen ser mencionadas. Y el problema es, como atinadamente sugería Helen Keller, que “la consecuencia del pesimismo en la vida de una nación es la misma que en la vida del individuo”: secar paulatinamente la alegría y la voluntad que impulsan al mundo.
El huracán emocional actual ahoga el diálogo. Prevalecen las imágenes emotivas —principalmente desfavorables, desafortunadas— que generan desconcierto y enojo, aunque no necesariamente se centran en los problemas de fondo, ni son completamente objetivas. De inmediato se simplifica el discurso, los argumentos devienen falaces, se pierde rigor. La razón y la ciencia pasan a un segundo plano, mientras lo asombroso, lo emotivo y lo llamativo reinan.
No solamente lo falso genera desconfianza, sino también lo verdadero. Entonces la confusión es múltiple. Aflora el sospechosismo. Nos volvemos recelosos de todo, incluyendo de personas o instituciones que antes estimábamos sólidas. El miedo y la inseguridad asumen roles protagónicos. Nos replegamos en nosotros mismos; el escepticismo conduce al individualismo y terminamos hundiéndonos en nuestras cuatro paredes interiores; incrédulos, ansiosos y solos.
Sin duda, me uno a los líderes educativos quienes se dan cuenta que la esperanza es uno de los grandes retos de esta generación. Ojalá no sólo los educadores, sino también las familias y la sociedad civil coadyuven en este clima que fomente la esperanza, pues no es responsabilidad exclusiva de las instituciones educativas, que poco logran cambiar si el entorno camina en dirección contraria.
El radicalismo, el rencor, la ira, el odio y la polarización no solamente son clavos que entierran la esperanza, sino también enemigos de la libertad. El insulto, la difamación, la intimidación, la vulgaridad, la grosería son recursos fáciles, aparentemente terapéuticos porque pueden resultar catárticos, pero que definitivamente no ayudan a generar un clima de esperanza para los jóvenes ni para nosotros mismos. “La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”, señalaba Julio Cortázar.
Por eso, si queremos realmente ayudar a resolver esta crisis emocional protagónica en la juventud, hemos de fomentar el respeto, la cortesía, la escucha, la sensibilidad, la serenidad, la capacidad de matizar. Al mismo tiempo, saber disentir y decir lo que está mal, sin claudicar, aumentando la confianza en la razón y la ciencia, aunque dándonos cuenta que, en el terreno afectivo, ser empáticos es el primer paso para después poder enseñar. La apertura al otro y la cultura del encuentro son indispensables para un mejor ambiente emocional. Más que nunca, debemos ser tejedores de paz en nuestros entornos y ayudar, en corresponsabilidad, a esclarecer los cielos que envuelven a nuestros jóvenes.
