Una función esencial de los asesores especializados en apoyar a las familias empresarias es platicar y analizar la dinámica interna para detectar lo que llamo, sin ser psicólogo, los “ríos subterráneos” y en caso necesario ver que no estallen en conflictos que puedan afectar al sistema familia-empresa-patrimonio.
Un artículo reciente de especialistas miembros de nuestra institución pionera, la Family Firm Institute (FFI), habla sobre el tema de las narrativas del pasado que, de forma casual, salen a relucir y que pueden dificultar la comunicación entre socios, sus familias y la empresa y que nada tienen que ver con la situación actual.
Esos “ríos subterráneos” pueden ser muy pequeños, recuerdos del pasado que no impactan las relaciones entre los miembros en el presente, pero hay otros que se invocan y pueden ser muy perjudiciales y ser usados para deteriorar un ambiente que debe ser de armonía.
He escuchado en el transcurso de mi vida profesional quejas como ésta (son reales, se los aseguro): “Cuando éramos niños tú siempre me pateabas y me quitabas los juguetes. Por lo tanto, ahora te voy a lastimar… o algo mucho peor” o, “siempre fuiste el consentido de mis papás y ahora que tengo poder, me voy a vengar para quitarme ese resentimiento”… Ustedes pueden poner muchos ejemplos más, estoy seguro.
Lo grave de este fenómeno, muy humano, por cierto, es que se deterioran notablemente las relaciones, la armonía familiar se pierde y, al ser parte de una empresa de su propiedad y ser participantes del manejo del patrimonio familiar, las decisiones se dificultan notablemente. Esta situación la he presenciado infinidad de veces y, aunque trato de llegar a un arreglo entre las partes de forma imparcial y de buena fe, no siempre se logra. Hay casos perdidos de antemano, lo reconozco.
Las autoras de este artículo, dos norteamericanas de apellidos Greenspan y Meyer llevan décadas enfrentándose a estos casos y ofrecen, en principio algunos consejos muy valiosos.
En primer lugar, hay que hacer un autoanálisis de ese evento, recordando pormenores olvidados, la reacción en su momento, que factores reales o abstractos lo causaron y en qué circunstancias se dieron. Esto puede aclarar muchas situaciones del pasado.
En segundo lugar, hay que escuchar, sin “alebrestarse” a los otros miembros y no dar opiniones prematuras. Este proceso es muy difícil; debes saber llevarlo con la lentitud necesaria. Recuerden que han pasado décadas de resentimientos guardados y hay que ir con cautela para no entorpecer la discusión. Finalmente hay que ver de nuevo el evento que causó dolor o molestia y buscar en lo posible alternativas parciales, o soluciones que sean aceptables para todos (a veces un mal arreglo, pero que exista la conformidad de los involucrados).
Repito, no siempre se logran reducir o eliminar los años de enojo que guardan los participantes y tratar de empezar de nuevo, pero la alternativa es mucho peor: familias que se pelean, negocios que se deterioran y cierran, patrimonios reducidos por pleitos, abogados y un mal sabor y amargura que sigue emponzoñando la relación familiar,
He presenciado e intervenido como amable mediador (me apodaron como “el tío Salo, de cariño) y los resultados han sido mayormente positivos, pero no hay certeza que esos eventos envenenen en el futuro y a otras generaciones. Pero, les afirmo, hay que tratar de resolverlos y olvidar parcialmente el pasado. Vale la pena. ¡Mucha suerte!
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