Que Somos México haya logrado el registro como partido político es una gran hazaña si consideramos las piedras que hubo y sigue habiendo en su camino. Sólo el tesón que distingue a Guadalupe Acosta Naranjo y la cohesión que logró a su alrededor, entre diferentes actores políticos, sociales y académicos, pudo ser capaz de derribar, en primer lugar, la apatía ciudadana hacia los partidos. Según la ENCIG 2025 (Inegi), los partidos políticos fueron las instituciones con menor confianza ciudadana: solo 23 por ciento. Es decir, los ciudadanos no andan pidiendo más partidos, pero “Personas Sumando en 2025” lograron realizar más de 200 asambleas y afiliar a cerca de 300 mil personas en la República. En segundo lugar, las quejas que presentó Morena en el INE y el TEPJF, reclamando cerca de 100 mil afiliados “duplicados”. Su objetivo era que las afiliaciones se descontaran a los nuevos solicitantes de registro, principalmente a Somos México, con esto, podrían haber quedado invalidadas algunas asambleas, pero sus reclamos no prosperaron.
Finalmente, este jueves, el INE aprobó el registro, pero le impuso una condición muy relevante: le ordenó cambiar denominación, color y emblema; le prohibió usar Somos México, el rosa y las letras Mx, y le dio plazo para presentar nuevos elementos identitarios, bajo el argumento de que la denominación Somos México no es neutral, porque transmite una idea de pertenencia o vinculación entre una organización política y la nación. Curiosamente, este mismo argumento utilizó la Federación Mexicana de Futbol, que encabeza Mikel Arreola, en noviembre de 2025, para usar el “Somos México” como la campaña institucional del Mundial.
No hay evidencia pública de que la Femexfut haya usado “Somos México” para interferir en el registro del partido o para desplazar deliberadamente a la asociación “Personas Sumando en 2025”, pero ésta ya utilizaba públicamente la identidad “Somos México” en su proceso para constituirse como partido; su sitio electrónico aparece con ese nombre desde enero de 2025, y la propia cobertura periodística la identificaba como Somos Mx o Somos México desde antes de la aprobación del INE.
Cabe señalar que Somos México no es un partido más: nace del espacio opositor, de la Marea Rosa (de ahí el color rosa para defender al INE contra López Obrador), de exmilitantes del PAN, PRI y PRD, exfuncionarios electorales y organizaciones críticas del régimen. Por eso su registro incomoda. No porque sea ya una fuerza electoral mayoritaria, sino porque representa algo que Morena intenta evitar: que el malestar ciudadano encuentre una opción confiable.
Por eso su registro no sólo es un trámite administrativo, sino una prueba política para el sistema electoral que está encabezado por árbitros colonizados por el régimen que encabeza Morena. Así, lo que vimos en estos días fue revelador: mientras Morena, por encima de la ley, ya adelantó su proceso rumbo a 2027 mediante la “elección de coordinadores estatales” y el INE no le dice nada, a una nueva fuerza opositora se le colocan obstáculos jurídicos, simbólicos y procedimentales, antes siquiera de competir.
El obstáculo más revelador no fue jurídico, sino simbólico, porque, en política, cambiar el nombre a un partido recién nacido no es un detalle administrativo, sino es obligarlo a competir después de desprenderse de la marca con la que reunió asambleas, afiliados y reconocimiento social.
No obstante, más le valdría a Morena observar lo que sucedió en Colombia, en donde la reciente elección presidencial muestra que ningún proyecto político, por más fuerte que haya sido su irrupción, tiene garantizada la continuidad. El desgaste de gobierno, la inseguridad, la polarización, la fragmentación interna y la aparición de una opción novedosa y creíble, pueden convertir una elección en plebiscito contra el oficialismo.
La diferencia más importante: Morena hoy es mucho más fuerte institucional y territorialmente que el “petrismo colombiano”. Tiene Presidencia, mayoría legislativa, 24 gobiernos estatales y una estructura electoral amplia, pero justamente por eso, la advertencia colombiana es clara: ninguna hegemonía es irreversible.
